Poema: En un café de Madrid

EN UN CAFÉ DE MADRID 


Se sedimentan las horas
se mezcla la saliva
en conversaciones de humo.
La tolerancia hacia la luz, inversamente proporcional
al tamaño de la melancolía
al humo de los cigarrillos
que asciende como un ala impura hacia los cielos  del amarillento estuco
techo centenario que pone límite a mis ojos.
Afuera llueve, se verifica así
el  pronóstico del hombre del tiempo.
Esta cafetería es un arcén de la vida
pero en Madrid la vida es demasiadas cosas.
Un amor nace mientras
el semáforo cambia a verde
otro se extingue
tras el portazo del 3º B.     
         
   La soledad de las         
                 grúas     
                nue-
                           vos              
             dio-
                 ses   
              soli-
                ta-
              rios 
                           que ni al séptimo descansan.
Las afueras atrapadas por la zarpa felina de las constructoras
los adentros,  por el frío curso de las cosas.
Las paredes de los museos
manchadas de vanguardias
manchados de poesía
los libros que sobran como las palomas
en las plazas y cornisas.
Hembras hambrientas de  hombres ilustres
se hacen confidencias en una toilet de cinco estrellas
estremecidas y bobas como adolescentes.
Una rompe en llanto de Marie Brizard
la otra culpa al Cariñena…
las puntillas  dieciochescas de sus bragas 
son un homenaje al cadáver de su juventud.
En Madrid nadie besa a las prostitutas
porque algo hay de sagrado en el beso
aquí nada queda de ti si no fuiste gallo de pelea
y el inconveniente entre tu y yo     
es la excusa entre yo y ella.
Y qué se yo cuántas fuerzas más
pugnan por un refugio entre los pliegues de la cordura
o la tibia felicidad de alguna  compañía definitiva.
A sabiendas de que somos muertos de antemano
que el psicólogo de nuestras facturas
 no puede sustituir un hermoso atardecer juntos
de que a pesar de superar asedios y fatigas
 las crecidas de melancolía vuelven a uno
como la fecha que regresa cada cierto tiempo con crespones negros
te reconforta saber
que a veces  hay un lugar  como éste
sin testigos que verifiquen tu tragedia
 sin escaleras mecánicas,
ni divorciadas  recicladas al rubio de bote
y al baile de salón.        
Ni adolescentes de bisutería
que licuen tu esperma seco
con la cruceta de sus tangas. 
Sólo un jardín de palmeras con sombra fresca en tu solapa
la suciedad del  espejo
el silbido de la máquina del café
y un libro con algunas  esquinas dobladas.
También la memoria se abre más fácil
por una esquina doblada del pasado
y por unos ojos que desde alguna parte te  miran.



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