Relato: Dulia

DULIA

 La fortuna hay que salir a buscarla en batida, con los perros adiestrados  y bien frescos y aún así, no han de abrigarse demasiadas esperanzas de hallar su rastro. La fatalidad, sin embargo, se echa encima de nosotros como una emboscada. Esto es lo que sin duda debía atormentar a la madre de Dulia, a juzgar por los sucesos de su vida en general y por los últimos acontecimientos en particular. El hecho de que  Dulia fuera una mujer  menuda, con las facciones del rostro viradas a lo cómico y una tartamudez insoportable, sin duda,  había sido de gran ayuda a los propósitos de sus desgracias. Dulia, era, a los ojos de la gente  y supongo que a los del mismo Dios, lo que vulgarmente llamamos una idiota, una cretina. Pero una cretina y una idiota serviciales. Todos los vecinos la conocían y la mayoría la trataba con las atenciones y comprensión debidas a  los borrones de Dios. No es ésta expresión que a mi me agrade, no vayan a creer, y si la pongo en uso, es sólo,  por que  así se refería a ella su propia madre, una madre que sufría como sólo una madre sabe sufrir estos trances tan de pesar para el alma y para el cuerpo. La invadía el rostro un  gesto de dolor que le cruzaba desde la frente hasta  la frágil garganta donde rebullían esbozos de lamento que sólo en muy señaladas ocasiones dejaba irrumpir en el aire. Dulia era la mayor de tres hermanas. Las otras dos eran cisnes hermosos, despabiladas en el trato, correctas y sociables sin llegar a la frivolidad. Varios hombres y muchachos y algún que otro vejestorio, las pretendía en matrimonio formal y eclesiástico. Desde su más tierna edad, Dulia, se había acostumbrado a recibir en herencia los vestidos  y los zapatos de sus hermanas. De una forma o u otra los vestidos siempre encontraban acomodo en la docilidad y bondad de aquel cuerpo tosco y  rechoncho que metamorfoseaba los vestidos de sus hermanas hasta donde casi no alcanza la credulidad. Pues cuando  mudaban de las hermosas arquitecturas de aquellas dos bellezas  a la burda anatomía de Dulia, se volvían asimétricos, ciñéndose hasta enrojecer  aquellas partes de la anatomía en que el exceso de grasa obligaba, en ocasiones, a rasgar la prenda para ajustarse a su nueva horma. Los vuelos  y los bajos, antes en armónico paralelismo con el suelo, levantaban, ahora,  más de una cuarta de la parte posterior como consecuencia del arqueamiento patológico de su espalda. De esta forma, al caminar, se iban dejando ver los pliegues sudorosos y emberrinchados de sus corvas y la parte inferior de sus muslos recorridos por venitas y veteados de ronchones rojos que en ocasiones servían a la burla de los muchachos, los cuales descargaban sobre aquella inocente carne sus diabólicas maldades.  Pero por encima de estos contratiempos, a los que por otro lado, Dulia ya se había acostumbrado, estaba el de los zapatos.  Y éste si que era una tortura. Pues aquéllas jaulas de finísimo cuero que hubieran antes servido para albergar a livianas avecillas, ahora estrechaban sus barrotes contra las dos   bien cebadas avutardas de sus pies que enrojecían y se hinchaban presas del  dolor. Esto  la suponía  un calvario tal al caminar  que habían de cortárseles las punteras para que los dedos encontraran acomodo aún siquiera ya  en el frío y áspero suelo. Pero a pesar de su poca fortuna en el reparto de gracias Dulia no había sido nunca una niña, una adolescente, una joven envidiosa. Es más, agradecía contemplar la belleza de sus hermanas y encontraba consuelo pensando que si ellas eran hermosas por fuera, ella lo era  por dentro. Y si Dios así lo había dispuesto en su magnífica benevolencia es porque tenía para ella reservada alguna recompensa alta, que quien somos nosotros para andar enderezando los trazos del que nos hace su imagen y semejanza. Y agradecía sobre todo, que sus hermanas le cedieran sus vestidos y calzados y que los pendientes que ayer lucían en las orejitas obedientes de sus hermanas hoy colgaran de las suyas y que las últimas sobras de los botes de los potingues que alegraran las mejillas de las bellas en fiestas y reuniones se apuren ahora para bloquear el avance de las manchas o disimular el brillo de la escamosa y grasa piel de su frente. En fin, que ella no sabía si no buscarle a la desgracia, su rostro más amable. Pero cuando Irene, la segunda en edad de las hermanas y más bella, trajo a casa al joven capitán con su barba moruna y un acento italiano en las palabras los gestos, Dulia se volvió un ciclón. Por primera vez sintió que algo le ardía muy dentro y cada noche alargaba el momento del sueño entre ruegos y rezos al cielo para que su hermana se cansara de el capitán o el capitán de ella, como cuando se cansó de aquel vestido de seda azul que tanto chocó en el bautizo del primo Alberto, o aquel collar del que pendía un nenúfar y que tanto gusto le dio heredarlo. Pero nada comparado con la ilusión de heredar aquel capitán, así pues Dulia,  habia aprendido a esperar el momento en que  hermanas se cansaban de las  cosas hermosas para que éstas le fueran dadas en herencia. En su corto entender y estrecha forma de ver las  vida y sus  maniobras si entendia que una vez su hermana perdiera interés por el joven, no tendría inconveniente en cedérselo. Ella lo amaría y cuidaría tanto…Sin embargo su entendimiento no alcanzaba a poner en relación ciertos aspectos que la avisaran de los  inconvenientes que pudieran surgir, los reparos que pudiera albergar el joven ante la tosquedad del cuerpo la falta de finura en los rasgos. Dulia estaba convencida de que su deseo de amarlo  y cuidarlo derribaría cualquier obstáculo que la dificultad levantar. Así noche, tras noche demoraba el sueño, demoraba el despertar a la mañana,  no rendía en las tareas de la casa, y se había vuelto arisca, gritaba a las gallinas y a  los cerdos y rezumaban sus ojos un brillo que intimidaba un poco. Últimamente, era fácil anticipar su llegada o adivinar su presencia en alguna de las estancias tras su abandono,  pues la acompañaba siempre un intenso olor dulzón a colonia. Tomaba diversos frascos de sus hermanas y los mezclaba en sus cabellos, en sus brazos, en sus pechos, en una suerte de cóctel  aromático que en cortas distancias casi hacía saltar las lágrimas. Y como suele ocurrir en los amores de juventud, los sentimientos mudaron. Irene perdió interés por el joven capitán, por su barba moruna, por sus palabras y gestos con acento italiano.  Cuando Dulia supo del acontecimiento, se apresuró a mirarse en el espejo de la salita, hizo un respingo como poniéndose de puntillas, se tomó el vuelo del vestido y sus mofletes se hincharon en una sonrisa. Entre tanto por la peligrosa curva de su columna vertebral trepó un escalofrío o vértigo que anidó en la nuca de la muchacha. Y digo anidó por que quedó allí  como una idea persistente, obsesiva de llegar a estar a solas   con el joven capitán y poder decirle…todo aquello que tantas veces  ya le había dicho en sus nocturnos y diurnos delirios. A la hora de la siesta cuando las sensaciones multicolor de Dulia se mezclan con el reposo de los pájaros, el croar perezoso de los sapos y la tranquilidad se agazapa entre los olores del verano, Dulia sabedora de  que el capitán acostumbra a  tomar café en los patios de la “Cicerona”, no duda salirle al camino, lo pone al corriente de sus sentimientos, el echa teatro y equilibrio al asunto para cruzar al otro lado sin mojarse los pies en el río del bochorno y sobre todo no herir los sentimientos de la muchacha. El joven termina diciendo que sigue perdidamente enamorado de Irene y se aleja y el angosto callejón de “as Lanillas” se estrecha aún más y más hasta oprimir el pecho de Dulia que irrumpe en un inconsolable llanto. En su llanto hay una mezcla de rabia, decepción, incomprensión, pero no hay resignación. Alzó la cabeza y el ciclón entrecortado de sus palabras irrumpió en el aire, como la quilla de un navío que aborda el costado de otro barco enemigo, en este caso el barco enemigo contra el que Dulia lanzó su proa airada era el mismo Dios. Le recriminó que acaso  ella valía para recibir las ropas usadas, los zapatos gastados y mortificantes, las migas de la mesa de sus hermanas, pero no valía para recibir el corazón usado y gastado por su hermana Irene del capitán, que podía pasar sin ropa, caminar descalza y hasta dejarse morir de hambre sin necesidad de comer los desperdicios arrojados de la mesa, pero no podía vivir sin ese sentimiento nuevo que ahora conocía y que peldaño a peldaño la había ascendido y anidado en lo más profundo de su pensamiento. No, en sus palabras no había resignación. Con una voz que no parecía suya, juraba que no, que no…y el eco de su juramento cósmicamente reproducido por la mancha amarilla del sol, se deslizaba por los postigos, resbalaba en las piedras, se perdía entre el sonido de las campanas.La madre de Dulia, está muy contrariada por lo del secuestro, los hombres de la justicia cercaron la casa, entraron en ella, hicieron registro de papeles  y enseres, tomaron declaraciones, había quietud y desolación y venía de las estancias un llanto amortiguado en hombros y pañuelos. Pasados los primeros momentos, todo el mundo intentaba dar una explicación a lo sucedido, los silencios que estiraban las horas se veían intermitentemente interrumpidos por los asiduos, en estos casos, los que aportan cautelosamente su ciencia médica o filosófica, los que sentenciaban con refranes, los que callaban. –Y vete tu a saber cuando hubiera ido a aparecer el pobre, si no es por lo del zapato- Si, y que muerte tan horrible, morir de hambre, expuesto en la cueva a la preda de las alimañas, y cuánta soledad en la noche, aún para un valiente capitán-. La madre y las hermanas anudadas en un abrazo frente al dolor, la inconcebible alineación de Dulia, tirando migas a las gallinas bajo los árboles frutales. Y hubieran sido más los testigos y más las opiniones si más grande hubiera sido el pueblo. Dulia, convenció al joven capitán de que su hermana quería verlo en la cueva donde le explicaría razones y lo confusa que estaba con sus sentimientos y fue suficiente para que el joven ardiera de impaciencia y no pudiera sino acceder a la propuesta de la  que creyó  recadera inocente de su amada. En la cueva el joven, esperó varias horas, cansado ya, fue vencido por el sueño, y entonces Dulia  amarró con sogas, pies y manos y todo movimiento del joven quedó reducido a mínimas torsiones de cuello y ojos. Ella lo iba a visitar cada día, le llevaba comida que el joven rechazaba,    le ponía al corriente de las cosas de la casa, de que su hermana Irene ya tenía otro novio, de que ella lo amaría y cuidaría siempre y que no  podía quitarle la mordaza en su ausencia pues tenía miedo de que  gritase, lo descubrieran  y  perderlo. Así durante ocho semanas, hasta lo del zapato. Quizá alguien pueda pensar que aquello tuvo algo de necesario y de previsible. Dulia seguía, con inconcebible alineación, tirando miguitas a las gallinas bajo los frutales del patio. Dos hombres de la justicia la tomaron por los brazos, ella miró a uno y luego al otro, luego puso sus manos sobre su vientre y sintió su calor y sonrió. Por que sabía que aquel calor que bullía en su vientre no  lo había heredado de nadie, sería lo único en la vida  realmente suyo.


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