Relato: El aniversario

EL ANIVERSARIO 

El zumbido de las motos, el cabrilleo de la luz y el temblor de los centinelas de pluma alertados del cambio de estación, la abolición del frío. La meteorología se mezclaba con una balada de  Allan Parsons   que emergía del radio cassette del coche. La mañana engendraba una ciudad con anchas plazas y asfalto mojado. Él no había olvidado  la fecha ni su última caricia resbalando por la espalda.  Desde el trabajo llamó al restaurante y reservó  mesa para dos, con velas, con flores, con poesía. Había una nota entre los presupuestos y los balances de su mesa de despacho. Un nombre de mujer y unas palabras destinadas a ella. Pues esa mañana, había en él  una rotunda condición de disidente de las instancias, de los arqueos de banco, de la urgencia de las firmas. Saboreaba en silencio su pequeño triunfo de la primavera. Su instinto conquistaba el mestizaje a que somete el tiempo los  recuerdos vividos, resolvía amargos capítulos  empaquetando viejos sueños. Llegó el medio día de aquel miércoles radiante, la pequeña deserción de los soldados del fax  en la cafetería y él, desapareciendo hacia la entrada, donde unas jardineras de hojas artificiales intentan salvar la frialdad del edificio. Hizo una llamada al móvil, a sabiendas que no era hora, no hubo respuesta. Pero oír su voz en el contestador ya era reconfortante. Aquel número de teléfono, aquel nombre, aquella voz acogedora en su buzón, suponían algo necesario, inevitable…

Sin saber por qué, de pronto le asaltó la mente recuerdo de una historia que  no hubiera venido a cuento, sino es  porque la mente traza sus propios itinerarios. Una historia de final enigmático que su esposa le refirió hace ya varios meses, quizás años:  …y entonces la muerte se detuvo ante un río  para contemplar la belleza de sus aguas, pero al verse reflejada en ellas, comenzó un largo llanto. Las infinitas lágrimas se confundieron con las aguas del río aquél y fueron llevadas a un mar que se volvió  negro y sombrío y al que dieron en llamar  el mar muerto. A él  le conmovió, le pareció una historia hermosa y nada  triste. Preguntó por su autor y por su significado. Ella se le quedó mirando fijamente, sin decir nada, mientras una lágrima  enfilaba hacia su mejilla.

El  resto del día se consumió entre meditaciones y disgresiones  indulgentes para consigo mismo. A pesar de tantos años compartidos, temblaba, respiraba la idea de  verla sonreír rescatando viejos recuerdos, dispuesto como un biógrafo entusiasta a rescribir su historia juntos. Una cena de aniversario, con velas, con flores, con poesía…En el restaurante había la cantidad de gente que se podía  esperar de un miércoles a la hora de la cena en una ciudad pequeña. Entre las diferentes mesas había la distancia que separa los continentes y las patrias y unos ecos delicados adensaban la atmósfera creada por una tenue luz. Ella no había llegado aún. Él, ordenó al camarero que fuera sirviendo los entrantes y eligió los vinos, un seco  añoso para él,  para ella, un rosado-joven. Sacó una  foto  que guardaba en el bolsillo de su abrigo, con un marquito de pie y la posó sobre la mesa, junto a un ramillete de gardenias. En ese instante la sonrisa inmóvil de la foto pareció materializarse en el aire cuando la puerta giratoria del restaurante se la entregaba, hermosa y frágil como un ángel. Recordaron, se besaron, saborearon la cena y danzaron las copas entre brindis e instantáneas en blanco y negro. Las corrientes de sus conversaciones se entrelazaron como delicadas aguas que fluyen hacia un mismo mar. Así transcurrió una cena, con velas, con flores, con poesía… Y en ese instante en que se intercambiaban signos secretos, confiados al agua mercurial de sus inalcanzables ríos, como un terco Guadiana de la memoria, volvió a aparecer  la historia que asaltara  su mente en la mañana. Preguntó de nuevo, cuál era el significado de aquel enigmático relato  tan hermoso y triste o no tan triste, aquél de las lágrimas que dieron lugar al mar muerto… Algo se reveló en ese instante.  Guardó la foto en su abrigo, pidió la cuenta y salieron, sin hablar, con el semblante roto. Él salió primero y tras él, la pudo percibir a ella envuelta en un aire frío que exhaló el remolino de la puerta giratoria. Él sintió una ausencia muy presente y  helada y muy cerca del alma. Ajenos a la noche furiosa de los estudiantes folloneros que barruntaban el inicio de las vacaciones, deambularon  por las calles. Él apretaba con tanta fuerza el marco de la foto que se hizo un corte en la mano derecha. 

Al día siguiente, la hora del desayuno les  hizo coincidir a padre e hijo en la cocina de la casa.

-¿Y esa venda en la mano, papá?

-Me he cortado con el cuchillo al partir el pan…¿Sabes?, ayer tu madre y yo  estuvimos cenando en un restaurante. Celebramos nuestro vigésimo cuarto aniversario.

¿Aunque supongo que tú te olvidaste, no es así?

Fabio, quedó fijo en su padre, como quien mira con cierta misericordia y mucha  reprobación…

Y añadió, en  un tono adusto, pero no exento de respeto y comprensión…

-…No, papá, no me olvidé. Ayer al salir del instituto, compré un ramillete de gardenias, como hago cada año desde que cumplí los quince, y como cada año, papá,  lo fui a depositar sobre su tumba.    

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