Relato: El caldero

EL CALDERO                                       Respecto de los calderos:“Si del vientre de la mujer nacen los niños, pues allí se encuentra el horno de la vida”.Saramago  

Tengo aún muy vivo en la memoria el recuerdo de aquellas dos filas de fardos enrojecidos que parecían aquellos bancos grandes y redondeados  flanqueando el empedrado hacia la casa. A veces no se si lo estoy soñando o es la  zozobra de mis pensamientos la que me retrotrae con frecuencia a una realidad que cada vez siento de forma igual y distinta. El calor se empecinaba en no abandonar el otoño y las tardes transcurrían lentas como ajuar de novia. Cuando llegamos a la casa mi esposa y yo, buscábamos el sosiego que habíamos perdido a consecuencia de una lucha infructuosa y grotescamente alimentada por charlatanes y curanderos en el ansia de satisfacer nuestro deseo de tener hijos. El médico de campaña ya me había avisado de una casi segura  esterilidad futura a consecuencia de un disparo que me abatió en el frente. Aunque fue una imprudencia, incluso llegué a ingerir mis propios excrementos, eso sí,  convenientemente confundidos entre otros alimentos de mejor paladar, para aprovechar sin repentina vomitona los beneficios de aquella gesta o locura sin más, y todo esto, siguiendo los consejos de visionarios y curanderos; sinvergüenzas y ventajistas unos y  locos de atar, otros. Estaba dispuesto a lo que fuera, incluso a lo más extravagante con tal de empezar a ver algún claro en aquel paisaje de sombras. Cualquier milagro que curase mi esterilidad.  Aunque finalmente la desgana hizo mella en nuestro ímpetu, en el mío y en el de mi esposa, claro está.  En el pueblo cercano a la casa quedaban las huellas de un verano en retirada  y los veteranos de la vida despedían las tardes despacio, en contraste con el nerviosismo de las golondrinas  volando como asustadas hacia y desde sus nidos de barro.  La primera mañana en la casa me levante antes que nadie, antes que mi esposa, antes que el chico de las caballerizas y su padre que aún rayando la mediana edad parecía ya  un anciano. Salí al patio mirando el aire pensativo, frente a mi ningún lujo pero se respiraba tranquilidad. Bordeé una piedra de molino que descansaba de forma vertical sobre la masa continua y rugosa de unas hierbas secas mezcladas con arena roja. Al lado de lo que parecía haber sido un palomar, había un pozo pequeño pero de hermosa construcción. Tenía un  pretil de piedra en excelente estado y un arco de hierro de recio porte del que pendía un caldero, sí, no un cubo, si no un caldero que se balanceaba como un péndulo sobre el brocal, sin viento  ni otra cosa alguna que aparentemente lo animara.

En la comida hablamos del pozo y otros asuntos, todos ellos estudiados en la sana costumbre y el gusto por lo trivial. Me gustaba que Nina estuviera así, sonriendo todo el tiempo y sin garfios en la lengua. En los últimos meses a veces sus maneras se torcían y crispaban. Pensaba, aunque quizás sólo fueran cosas mías, que de alguna forma en muchos de esos arranques  subyacía un constante reproche hacia mi infertilidad. Y he de añadir en su favor que quizá ni siquiera ella fuera consciente de este hecho. Cómo si no, explicar aquélla explosión en la Casa  de los Seguros, días antes de salir para la casa de La Camperita, y cuan desproporcionado su enfado por aquél olvido de lo de la Póliza, sólo la faltó concluir su arrebato con un…”impotente de mierda”. Aunque como digo, quizás sean cosas mías. Nos pareció, durante la comida, tratando el asunto del pozo, que sería conveniente consultar al médico del pueblo acerca de la potabilidad de su agua. Si ésta estuviera en condiciones de ser consumida, nos haría gran ilusión dar así un tono de intensidad campestre a nuestras vacaciones bebiendo el agua como lo hicieran nuestros abuelos. A Nina se ve que también le hizo gracia la idea y los dos nos enredamos en cosa tan inocente. Al Rojo, así se le conocía al encargado de las cuadras, por lo enrojecido de su piel en frente y  mejillas y a su hijo Julián, la idea les debió parecer de lo más estúpida a juzgar por la expresión de sus rostros cuando les pedí que limpiasen y adecentaran el caldero a los efectos de hacer uso de él. El chico, incluso se quedó con la gana de decir algo, pero justo en el momento que iba a abrir un comentario, su padre, El Rojo, se lo cerró dándole una palmadita en la espalda y haciéndole una seña de que fuera a coger el cubo, o mejor el caldero, y el chico puso  rumbo silencioso hacia el mandado.

Sé que cuanto contaré a partir de aquí parecerá cosa de mentes tembladeras o ensoñaciones de loco, pero cuidaré no apartarme de la estrecha senda que marca la realidad de los hechos y dejar claro al lector que si algo se omite o añade a los acontecimientos tal y como ocurrieron no será por torcida voluntad ,  sino consecuencia de que el río de la memoria arrastra unas cosas y deja otras orilladas o presas de alguna rama o relieve que se interponga en su camino.

Lancé el caldero a la boca oscura del pozo y en escasos segundos un chapoteo metálico en el agua me avisó de que había de tensar y destensar la cuerda de forma conveniente y en desplazamientos horizontales para llenar el caldero e izarlo. No podíamos usar la polea, pues los anclajes no parecían  seguros consecuencia del desgaste por el paso de los años. Ni El Rojo ni el chico sacaron la cara por meterse en arreglos y no era cuestión de insistir sobre el asunto. Recuerdo mi primera calderada de agua, con cierto cuidado para que el caldero no se golpeara contra las paredes del pozo conseguí alzarlo hasta el brocal. Solo había conseguido llenarlo hasta la mitad. No di mayor importancia al hecho, a base de acostumbrarme ya conseguiría un caldero rebosando hasta los mismos bordes. No había reto ni impaciencia en mi empeño, pero con el paso de los días no lograba sino me dio nivel de agua, y mira que ponía cuidado  en conseguir un pleno. Recuerdo que una tarde andaba Nina tejiendo y mirando los colores de unas lanas y la pedí que si por favor podía sacar un caldero de agua del pozo. Ella se lo tomo como un juego adolescente, yo la sujetaba por las caderas y ella izó el cubo. A pesar de ser la primera vez y de la poca pericia que demostraba y la risa que le entraba por lo cómico de la situación consiguió, para mi asombro, dos dedos más de agua que yo. No quería que se prolongara aquel estúpido reto que me había puesto a mi mismo, pero por las noches pensaba en la manera en que debía proceder para una mejor caída del caldero, una mejor forma de facilitar la entrada del agua en el mismo, quizá volcando el cubo, o en dos fases de llenado o…A veces me quedaba mirándolo como si  lo oscuro de su bronce abrigara algún tipo de secreto. Por su puesto que no le conté a nadie mi estúpida cruzada, pero puedo asegurar con certeza de que probé varias centenas de veces y jamás conseguía llenar más de medio caldero.

Nina había ido al ultramarinos del pueblo a comprar algunas cosas de alimentación y útiles para el aseo de la casa. Yo me quedé haciendo con que leía algún libro de novelas que tanto entusiasman a Nina y que yo tanto detesto. La mañana estaba muy quieta, las casas del pueblo a lo lejos, una fila de álamos perpendicular a las cumbres del río como una hilera de nostalgias, y todo estaba como colgado de un cielo pintado en un guiñol. Lo único que parecía tener vida en aquél cuadro inmóvil era el hacha del “El Rojo” que se afanaba en cortar leña para el invierno, mientras su hijo la apilaba contra una de las paredes del cobertizo.

Caminé lentamente hacia ellos  con las manos atrás y cruzando los pies como si caminase en la cuerda floja o siguiera un senderito imaginario como hacen los niños cuando o bien han hecho alguna de las suyas o bien se disponen a hacerlas y cuando llegué a la altura de El Rojo y  Julián, hice algún comentario estúpido sobre cualquier cosa que no venía a cuento. Se dieron perfectamente cuenta de mi tensión en rostro, brazos y piernas, de mi mirada perdida de mi voz entrecortada por la falta de aliento. Creo que me ruboricé y al mirar la cara del Rojo, con su frente y mejillas encendidas, y  me sentí culpable por si aquel pobre hombre  pudiera tomar mi rubor interino un insulto hacia el suyo permanente y entonces seguro que enrojecí aún más y Julián se aguantó la risa hasta que no pudo aguantarla y eso duró escasos segundos, hasta que por fin lo dije. Les pedí por favor si podían acercarse conmigo al pozo y sacar un caldero de agua cada uno. Se miraron, El Rojo dejó el hacha sobre la pila de leña y se secó el sudor de su frente roja con el dorso de su mano. Sin decir nada hizo una seña al chico y los tres nos acercamos al pozo. Con otra seña el padre le cedió el privilegio del primer caldero al hijo, yo entre tanto, intentaba encontrarle algún sentido a aquel comportamiento que tanto se alejaba de lo habitual en un hombre de mi cordura. Julián estaba izando ya el caldero sus muslos y brazos livianos y curtidos por el sol apenas se tensaron al tirar de la cuerda que subió con asombrosa facilidad como si alzase un cubo vacío. Pero mi absurda esperanza de racionalidad se vio trucada, desbaratada, rota cuando sobre el brocal del pozo el muchacho deposito un cubo que rebosaba de agua. El chico sonrió, sin concederle mayor importancia al hecho, yo respondí con otra sonrisa, falsa y forzada, como quien disimula un dolor o preocupación. Luego fue el padre quien lanzó el cubo a la oscura boca del pozo, apretando con sus dientes un cigarrillo en la boca, comenzó a izar el caldero, en sus huesudos brazos se marcaban las venas como sarmientos de una cepa vieja, sus párpados contenían a duras penas sus globos oculares, y el esfuerzo era tal para alzar el caldero como si en lugar de un pozo lo estuviera sacando de un embarrado lleno de lodo hasta los bordes y de no haber sido aquello un experimento científico como lo era  para mi, yo mismo lo hubiera ayudado a izar aquél peso infernal Ya exhausto, El rojo escupió el cigarro que tenía apretado en unos labios que tenían el color del maíz. El cubo sobre el brocal, apenas si tenía un dedo de agua. Cerré los ojos y suspiré casi con alivio.

En mis largas noches de peregrinaje a través de intrincados pensamientos y conjeturas ya había vislumbrado la silueta de esa mimbre como parte de aquel cesto que empezaba a cobrar forma. La muerte de El Rojo escasos días más tarde fue la última mimbre de aquel cesto en el que puede por fin guardar mi secreto. Aquel caldero tenía la propiedad de marcar el tiempo de vida que a cada uno le restaba vivir, así yo pude llenar de agua hasta la mitad, mi esposa dos dedos por encima, me sobreviviría algunos años, el niño cuyo caldero rebosaba de agua, cuyo futuro rebosaba de vida y pobre Rojo a quien por causa del tabaco ,la dura vida  o vayan ustedes a saber qué, el caldero marcó medio dedo de agua, sentenció su medio dedo de vida. El pobre Julián quedó huérfano, el día de la muerte de su padre se arrojó en llanto sobre mis brazos. La madre del chico no había muerto pero andaba perdida como un anónimo que pasa sin hacer mella en la calle. Según me contó mi esposa, tuvo un novio de joven, un señorito aristócrata que la enamoró perdidamente y  que la había arrancado la inocencia. A raíz de entonces todo fue un lamentable peregrinaje de un desamor a otro y a otro más. Y en uno de los eslabones  esa cadena de infortunios, nació, Julián, El hijo del único hombre que supo querer a esa mujer precisamente cuando ella ya se había olvidado de qué era querer, y los abandonó. Nina acostumbrada a la lectura de novelistas cursis lo decía así: Esta mujer fue como el juguete hermoso roto en manos de un niño rico y burdamente recompuesto pasó a ser el juguete de sucesivas manos, más torpes y rudas cada vez. Hasta que se terminó por romper del todo.

Todavía restaban dos semanas de nuestras vacaciones. Julián se quedaría con nosotros hasta que se hicieran  cargo de él unos tíos que habían de localizar en el extranjero.

Nina y yo estuvimos a coger caracoles entre las lápidas del cementerio, era costumbre del pueblo, estaba esplendorosa, su melena rubia prolongaba el fulgor del sol, de camino a casa, llevaba un ramillete de flores y como era costumbre en ella cuando estaba exultante, caminaba en jarras y con oscilaciones laterales de mucha gracia. Durante las dos semanas restantes frecuentamos la casa de unos amigos recientes, un matrimonio joven, ella maestra y él capitán de caballería. Ambos encantadores en el trato, animosos y dispuestos. Él por lo visto había sido un héroe de guerra y llevaba siempre el traje militar y en la solapa derecha una condecoración que por temor a cometer algún tipo de imprecisión prefiero no atribuirle a qué merecimiento concreto obedecía. Cuando Nina lo miraba o ensalzaba su gallardía y caballerosidad, he de confesar que me sentía atrapar por los celos.

Transcurridas las dos semanas regresamos a nuestras vidas. En el tren de camino, sin embargo y mientras Nina dormía placidamente, había algo que me mantenía intranquilo y otra vez en duda. Por qué razón, un día antes de tomar el tren, Nina había sacado agua del pozo y sin esfuerzo alguno el caldero rebosaba, se diría que aún  por encima de los bordes rebosando los límites del propio recipiente.

Semanas más tarde toda duda quedó disipada, cuando Nina entró en nuestra salita, sus cabellos rubios caían como espigas sobre sus fértiles hombros, venía caminando en jarras y sus caderas oscilaban como las de una niña que saluda su decimosegunda primavera. En la mano derecha y apretada contra su cintura traía un papel- ¿Sabes lo que dice este papel? ¡Que vas a ser padre¡.¡Es un milagro¡. Un enorme zumbido de abejas crecía en mi cabeza y alborotadas discurrían por mis nervios y duplique mi ración habitual de compostura para no perderme y aunque apenas tenía ánimo para pensar pensé, y pensando disipé la duda del porqué el último día Nina alzó el caldero rebosante de agua, por la vida que ya latía en su interior, y asentí. Si un milagro, mi amor, nos abrazamos y no quise disipar ya más dudas.

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