Relato: El caminante impertinente

CUENTO XXII El CAMINANTE 

…-SI-, DEFENDÍA UNO con las barbas bien largas y el dedo índice en rotación acompasada a sus palabras.- La muerte, os digo, no es sino la traducción de la vida, la revelación esperada de todos sus misterios, la disipación de toda duda. Otro, también con aspecto muy venerable y docto, no negando lo anterior, añadió sin embargo que en la muerte de cada ser humano, había algo de estafa, pues todo lo anterior se trocaba falso, hueco: el primer llanto, el arrullo de la madre, la polvorienta y sufrida caída en el camino, su eco en los seres amados su indiferencia en los distraídos caminantes. Un tercer sabio, el más anciano de los allí congregados, buscó apoyo con las manos en sus rodillas para ponerse en pie, una vez había conquistado el aire su palabra, habló durante un largo rato, de la muerte, pero sobre todo de las muertes. Adonde no alcanzaban sus palabras llegaron sus gestos, débiles pero llenos de elocuencia. De igual manera que había una belleza para cada mujer, un trino para cada pájaro, una vida para cada ser, así la muerte se diversificaba en tantas naturalezas diferentes como requería lo singular de cada cosa. Cuando la fatiga clausuró su garganta, otras voces muy enérgicas unas, más sosegadas otras, se entrelazaron espontáneamente en el anhelo de retirar el velo y descifrar así el verdadero  rostro de la muerte.

El sol del mediodía caía sobre sus hombros, ausencia de sombras en sus pies. Algunos argumentos se repetían, otros novedosos, sorprendían por su absurda turbiedad o su grosero simplismo. Se interrumpían unos a otros con desesperación. Hablaban de la muerte del cuerpo y la pervivencia del espíritu. Discutían sobre el destino de uno y otro. De la Salvación, la Condenación. La vida como mentira esperanzada que terminaba con la muerte, la muerte como promesa de eternidad. Unos y otros agregando repertorios, réplicas venosas, miradas aguijón. Todos sabios, todos doctos, todos inflados de palabras que pretendían desvelar, revelar, conocer.

De pronto se acercó a la asamblea de doctores un caminante que surgía de la bruma polvorienta de aquellos caminos perdidos, mirando hacia el suelo, como quien ha encontrado una manera de comunicarse con la tierra.

Permaneció escuchando sentado en una banca de piedra durante un largo rato las razones que sobre la muerte daban aquellos sabios, ajenos a la presencia del caminante. Se levantó y mirando hacia el suelo, como quien ha encontrado una forma de comunicarse con la tierra, irrumpió en el centro de un improvisado corro. Se desplazó en silencio de un lado a otro del mismo, alzó sus ojos y su rostro pareció oscurecerse cuando comenzó a hablar. –Todos bailáis dentro de estas copas de vino y trazos brillantes que son vuestras borracheras de verdades. Pero vuestras danzas están tan cerca de la mentira como el aliento del hambriento tigre de la pata del cervatillo. Seréis devorados por  la verdad sólo cuando ella decida una vez en sus fauces-. Varios de los hombres doctos, señalaron la osadía del intruso. Algunos se reían y le tomaban por un loco que aún conservaba los harapos de alguna paliza que por culpa de su pestilencia le habrían dado en escarmiento. Repararon, todos,  en su lastimosa apariencia y en su aspecto de hombre de escaso entendimiento y de  baja estirpe. De nuevo, el sabio  más anciano de cuantos allí se habían congregado, buscó apoyo con sus manos en sus rodillas para erguirse. Y  así se dirigió al intruso: -Todos cuantos aquí estamos, tenemos gran conocimiento sobre las trayectorias de los astros y sus nombres. De la forma en cómo tratar con las hierbas y  plantas que la tierra cría para la sanación de enfermedades y locuras. Sabemos sobre la naturaleza de los hombres, y sobre la naturaleza de Dios. Dominamos las  artes de la exactitud del número  y la música y trazamos en varios saberes, líneas que otros  seguirán, para la compresión del mundo y de ellos mismos… Y tú te atreves a despreciar nuestro conocimiento y a ocupar con prepotencia el centro de nuestra atención con el descaro de  una comadreja irrumpe en el descanso de las domésticas aves.

-No está en mi voluntad ofender a ninguno de vosotros. Pero cuanto decís de la muerte son todo  vaguedades. No toméis mis palabras como una provocación,  sino como un reflejo defensivo contra la inexactitud de vuestras cábalas. Os preguntáis qué es la muerte y yo os digo que  la muerte, es sobre todo, quedarse solo. Eso es la muerte, antes que ninguna otra cosa, quedarse inimaginablemente solo-. Los doctos hombres se miraban unos a otros, y miraban al caminante, sorprendidos más que por sus palabras, por el tono oscuro de su voz. El desconocido, apenas dijo esto se dispuso a marcharse. Caminaba con los brazos pesados y languidez en el rostro. De nuevo, el sabio más anciano de los allí congregados, engrosó ligeramente el hilo de su voz para preguntarle al desconocido por su nombre. Este se giró, elevó ligeramente sus brazos con las palmas hacia  abajo, y dijó : Lázaro. Mi nombre es Lázaro.

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