Relato: El cura impostor

CUENTO XVIII  EL CURA IMPOSTOR Nota del autor: La autoría de la siguiente narración no me corresponde. Me hubiera resultado fácil atribuírmela sin perjuicio  para mi reputación como escritor por miedo a ser acusado de plagio, pues su autor es tan anómimo en su muerte como lo fue en su vida. Pero considero de Justicia poner a la luz su nombre y que ustedes conozcan que los hechos que en él se recogen son fiel reflejo de la realidad y sin otras alteraciones que aquellas a las que obliga la recreación literaria. Sirva este recordatorio de homenaje a su autor y protagonista, Emilio de Nacatalí. 

                                                         Salvamorada, 12 de abril de 1923

  

Rebullen aún en la memoria de cuantos fueron testigos, los hechos que se desprenden en las líneas de esta carta. Trataré de ir desbaratándolos con mi torpe forma de desenredar la madeja de los recuerdos y con el propósito de que por fin, comprendas aquélla decisión mía que sorprendió tanto a tu mirada, recuerdas, en la terracita de Los Cafés. De eso hace ya… una vida, no cabe duda, y si vengo a contar ahora algo que he guardado tanto tiempo, es porque un hombre con tantos años como yo ha de desprenderse de ciertos lastres antes de elevarse por vez última. O a lo peor seas tú, querido primo, el que te me adelantes en la partida y me dejes aquí, con la palabra en la boca, o mejor en el tintero,  sólo en esta garita haciendo largas noches de guardia. Bueno, sea como sea, empezaré sin más  cálculos por donde dicte el lazarillo de la memoria.

Yo estaba, por aquel entonces ,  impartiendo clases en la Universidad de Copenhague, y durante ese largo año,   en la ciudad que me vio nacer ocurrió algo que, probablemente en una gran urbe, hubiera pasado sin pena ni gloria. Pero en una ciudad pequeña como ésta, fue, sin embargo, fábrica de chismes y murmuraciones de todos los gustos y colores. La cosa es que un hombre se había venido haciendo pasar por cura durante muchos meses. Recibí versiones acerca de su estampa de muy variadas y diferentes naturalezas, pero en lo que todas coincidían es que se trataba de un hombrecillo pequeño, con orejas de soplillo y con una gran llaneza en el hablar y en el obrar con las gentes, aunque cuando ascendía al púlpito, su oratoria tanto en latín como en nuestra lengua, se elevaba por encima de las bóvedas y cruceros . A don Melitón que así se llamaba, la gente Cariñosamente lo había apodado, “El curilla”. Pues bien, este falso curilla, dijo y cantó misas completas, escuchó en confesión los pecados de la carne, puso penitencias a la culpa  , casó novios, dispensó extremaunciones a enfermos y alivió  almas que en miseria o desgracia se acercaban a él. Se metió en charcos que otros  saltaban evitándolos y tanta entrega, como es razonable,  contribuyó,  a   que se entrecruzaran  sólidos lazos afectivos entre este cura impostor y su ferigresía. No cabe duda, que este hombre menudo con aspecto de no haber matado una mosca y de beber café a sorbitos, se había metido a la comunidad en la casulla.   Sus ojos eran también muy  pequeños y  ceñidos de caridad cristiana. El Obispo de la Diócesis se cenaba cada día con nuevas maravillas que llegaban a sus oídos respecto del nuevo párroco, siempre comprometido con  la miseria, la penuria, atendiendo a las necesidades allá donde quiera que surgieran. Tal era la  entrega del pastor a su rebaño, que muchos y sobre todo muchas, se desleían y presignaban ante hombre de tan cristianas virtudes. Ya, entre las  más devotas, unas  lo ponían peana  y otras, lo veían ya esculpido en figuritas de china y retratado en estampitas para rifas de Hermandades. Tenías que ver, querido primo, con cuánto  entusiasmo reviven aún, los que se enredan en algún recuerdo de sobre esto que te cuento, cuando relatan el día en que el mismo señor Obispo, a instancias de “El curilla”,  concelebró misa  con éste en el día de Ascensión del Señor. Y cómo viéndolos juntos departiendo en latín, uno no sabía quien tenía más grandeza e importancia. Porque ese día, Don Melitón resplandecía tanto o más que el Alto Padre. Pues bien  sabes, mi amado primo, que a un hombre no se le mide  por la panza o la filosofanza, sino por su capacidad de entrega a los demás.

 Y este hombre había probado, con  obras, sus amores. Tenía magníficas virtudes que, por otro lado, tanto escaseaban en aquéllas que andábamos entonces  y no digamos,  en éstas que andamos ahora. Pues fíjate, que ni el propio Obispo pudo barruntar siquiera la máscara que cubría el rostro del engaño, ya que la  mirada de este hombre era tan clara como el agua  cristalina del manantial. Como te indiqué al comienzo de esta carta, yo estaba impartiendo clases en la Universidad de Copenhague, a mi regreso, Teresita me puso al corriente de todo cuanto había pasado. Como suele ocurrir en estos casos las opiniones se dividen  entre los que acusan y condenan y los que comprenden y perdonan. Yo me alisté tras la línea gris de la neutralidad. Un antiguo compañero y buen amigo de estudios, me refirió como don Melitón o “El curilla”, ante una afirmación que el obispo le hiciera en latín, acerca del extraordinario don de palabra y sensatez en el uso del verbo que el párroco demostraba, éste, en un perfecto latín le contestó  lo siguiente: “bona pars bene discendi est acite mentiri”. Como sé, mi querido primo, que no andas muy versado en esto de las lenguas clásicas, te explico que don Melitón vino a decirle al Alto Padre, parafraseando a Erasmo de Rótterdam,  que toda oratoria lleva consigo una buena parte de engaño. En otro momento de la conversación, mi amigo,  pudo escuchar como don Melitón, instalándose en la veranda y apretando un coñac en la mano contraria a aquella con la que sujetaba un pequeño libro de salmos, dijo también, sin poder contener, esta vez,  un rictus de emoción en el rostro, “Fata viam invinient”, que, parafraseando ahora a Virgilio, venía a  decir que no hay que entregarse a la desesperación aún cuando parezca que la fatalidad es inminente. Queda, pues claro, que este curioso impostor de curas, gozaba con la farsa e incluso se complacía en jugar con las palabras   ante el propio obispo y era muy consciente de que el fatal desenlace más pronto o más tarde tendría lugar.

Intentaré abreviar, mi paciente primo, porque supongo que a estas alturas de la carta estarás ansioso por conocer el principal propósito que me llevó a su redacción. Pues verás, escasas semanas más tarde, a mi regreso de Copenhague,  yo daba una conferencia bajo el epígrafe de “Conciencia moral y ética social”. Estaba bastante nervioso antes de salir hacia el teatro Luis Acosta donde tendría lugar la  conferencia, esperando a Teresita que se entretenía frente al espejo buscándole acomodo a un sombrerito de plumas verdes y mirándose primero el frente, luego un costado, luego el otro,  para terminar con la espalda y en estas haciendo puntillas con los pies y otros ademanes inscritos en el protocolo de la coquetería femenina que a mi, apurado como andaba de tiempo, me sacaban de mis casillas. No llenaré más blanco con detalles de la conferencia. Al final, se abrió un turno de preguntas, a cual más previsible, a cual más intranscendente. No se si  son las preguntas de las siempre-asistentes e ingenuas señoras o las de los advenedizos, intelectuales eruditos las que producen en mi más intolerancia. Pero en fin, cuando ya estaba a punto de despedir la presentación y agradecer a los asistentes su comparecencia. Alguien levantó su brazo y en el uso de la palabra me vino a preguntar qué opinión, como experto en moral, me merecía  el asunto del curilla impostor. Me sentí un tanto desconcertado, aunque nunca sorprendido. De alguna forma presentía que aquélla pregunta podía venir a colación, dada la temática de mi conferencia, por lo que tampoco diré que me cogiera por sorpresa. Por un instante pensé en aludir a mi ausencia de la ciudad durante el transcurso de los acontecimientos y que al no haberlos vivido en primera persona no me sentía autorizado a expresar una opinión. O, por qué no, situarme en la línea gris de la neutralidad. Consideré cobardes ambas reflexiones y aunque parezcan largas, mi amado primo, puedo asegurarte que los resortes de mi cerebro saltaron todos aún tiempo y todos su mecanismos trabajando a la vez y fue en escasos segundos cuando se gestó mi decisión.  Quizás en otro momento, ante la misma pregunta, hubiera respondido de forma diferente, pero mi voz, que comenzó un tanto quebrada por el nerviosismo, inició la construcción de una defensa incondicional respecto de la acción fraudulenta del cura impostor. Alegué, que aun no siendo cura llevó a cabo una labor sacerdotal digna de la más acendrada formación espiritual. Qué aún conociendo, a través de la confesión, los secretos más íntimos de muchos de los parroquianos, jamás hizo uso indebido de tal conocimiento, extremo este ante el que otros sacerdotes que habían sido pastores de nuestra comunidad no podrían defenderse. Que se puede disimular la identidad pero no la caridad, la entrega al prójimo, la lástima hacia los que sufren y el aporte de consuelo. Que se le podía tachar de suplantador, pero qué voz de qué rincón de la ciudad podía elevarse en contra de su actitud, su conducta, su capacidad para dar y darse a los demás. Concluí diciendo que dejáramos, al menos, una puerta entornada a la buena voluntad de este hombre. Supongo que en el murmullo que se desató en la sala se mezclaban las aprobaciones y las repulsas, pero en ese momento pienso que tomé la decisión adecuada. Y digo en ese momento, por que ahora no la tomaría, una vez vividos los acontecimientos que derivaron de mi valentía y determinación. Una vez concluida la conferencia, ya en los pasillos, me detuve frente a un espejo de marco rococó y encendí un cigarro. Me entretenía en mirar las volutas de humo, que  se enroscaban en los apliques de luz de la pared del fondo cuando sobre la mesita prolija  a juego con el espejo, se reflejó la sombra de alguien que se acercaba a mi. Me giré y me encontré a un hombre, de esos en que todo rondaba la medianía, mediana edad, mediana estatura, mediano atuendo, se ceñía un mediano sombrero calado hasta la mirada. Lo único largo en él era su abrigo. Me refirió que le había complacido mucho  la defensa que había hecho de, según él, aquél, pobre hombre que se hizo pasar por cura. Que él  también se había sentido aliviado porque había algo que le atormentaba la conciencia. Al oírme hablar de la manera en que lo ha había hecho él había ido buscándole paralelismos entre ese algo y el asunto del cura impostor y a través de mis palabras se había sentido reconocido y  muy reconfortado en lo que a él le concernía. Le pregunté que si como muestra de agradecimiento  y dado que ya había suscitado mi curiosidad, al menos podía revelarme de qué se trataba. El hombre, levantó ligeramente el ala del sombrero que sumía su rostro en una tibia penumbra y me confesó  que él también había suplantado a alguien. A un marido cuyas obligaciones profesionales le mantenían lejos del hogar y de su esposa. Y que él había cumplido en todos los órdenes en que un marido ha de cumplir para con su hogar y para con sus deberes maritales. El había dado sustento para el día y cariño para las noches a esa mujer a quien su marido tenía en barbecho y que él había sembrado, cultivado y cosechado sus caricias y atenciones en ausencia de quien por mérito propio las debiera merecer. Que ella no había llegado a amarlo, pero que se lo colgaba como un amuleto protector y que él accedía y no pedía más de aquello con lo que se conformaba. Pero que no obstante, a veces se había sentido culpable de una situación tan comprometida y que aunque no conocía ni conocería aquél marido, sentía lástima de que ese hombre no supiera colmar de las atenciones debidas a tan hermosa y extraordinaria mujer. Reclamó mi atención hacia uno de  los camareros que retiraba una de las sillas cercanas al piano, justo debajo de la lámpara violeta que desplegaba su luz sobre aquella hermosa mujer que lucía un sombrerito verde de plumas e hizo seña inequívoca de que ésa era la mujer de sus desvelos. En ese momento no se si contuve la respiración o más bien fue ella  quien cesó de repente. Permanecí inmóvil, como si en ese momento hubiera olvidado lo que es el miedo, el dolor, el alivio…Miré a ese hombre y miré luego a Teresita como sé que nunca antes la había mirado, volví a mirar a ese hombre, como sé también que nunca había mirado antes  a nadie . Me apresuré a dar varias caladas a mi cigarro ya con la ceniza fría como mi sangre. Todo lo que sigue lo recuerdo con una torpeza errática, pero creo que ahora comprenderás por qué aquel día en la terracita de los cafés te comuniqué mi decisión de separarme por un tiempo de Teresita. Olvidaba decirte, mi querido e informado primo, que antes de perder de vista para siempre aquel enigmático hombre, momentos antes de despedirse, hizo ademán de juntar las palmas de sus manos a la altura de su mentón y con gran etiqueta alzándose sobre las punteras  de sus zapatos  murmuró algo, sin duda intrigante,: “compensatio lucri cum danmo”, lo cual repitió por dos veces,  una por cada elevación de punteras. “El lucro obtenido por el damnificado se compensa con el daño, el lucro obtenido por el damnificado se compensa con el daño”. Conforme se alejaba pude ver como bajo el largo abrigo le nacían unos zapatos de color marrón encaramados a unas alzadas de gran envergadura que lo elevaban casi medio metro por encima de su estatura natural. Recibe un fraternal abrazo de tu primo:

Emilio de Nacatalí


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