Relato: El Naipe

El NAIPE

(o la Historia perdida)

Ahora se que ambos tuvimos una infancia común y compartida, porque hemos muerto juntos. Y me mueve el deseo de ir hasta el lugar en donde estás para depositar junto a las tuyas, como flores tardías, mis cenizas.

                                                          José Ángel Valente

Y USTEDES me dicen que piense tranquilo que mida cada palmo de mis recuerdos ¿y cómo quieren…?.Pedaleaba en mi biciclo, haciendo largas  y descuidadas eses alrededor de mi hermano que estaba jugueteando con una araña en el jardín. Se ve que colmé la paciencia de  Su Santidad, El Naipe,  que se volteó con ese aire de perdonavidas que le daba a sus gestos. El Naipe,  así le apodaban a mi hermano los de fuera de la famila, los de dentro  le llamábamos, Gerardito. Bueno, yo casi siempre le llamaba como los de afuera y esto no le gustaba ni a él ni a mi madre que demostraba una incomprensible debilidad hacia mi hermano. Lo del apodo le venía por su gesto afeminado e inexpresivo como virado hacia un lado. Como un AS de Picas de la baraja francesa.  Él y su asquerosa araña marcaban en ese instante  el territorio de juego y nadie debía inmiscuirse.

-¡Deja de girarme con tu biciclo o te sacudo¡- Esas fueron sus palabras a las que se solaparon las de mi madre reclamándonos para el baño. Creo que fue a partir de aquellas porciones de desaire que mi hermano dispensaba constantemente la razón  de aquél sentimiento mío… El germen de un odio fraterno que  nacía en mi y se afianzaría con el paso de los años. Mi hermano siempre andaba con el ánimo crispado y era un solemne idiota, un idiota con galones.  Tenía dos aficiones que yo detestaba: coleccionar sellos y los bichos. Lo de los bichos, podía  entenderlo, ya que mi hermano, de natural raro y huidizo,  es lógico que encontrara en ellos una forma de compensar  su dificultades para relacionarse con otros seres humanos. Sin embargo no alcanzaba el sentido de  aquel afán por juntar estampas, sin ningún orden ni concierto en su cajita.

Lo del miedo vino después. Además de las descritas, El Naipe añadía a sus rarezas  otra inquietante afición que me causaba un gran desasosiego. Y no sólo a mi. Tenía por costumbre decapitar las muñecas de la prima y de sus amigas de juegos al menor descuido e intercambiaba las cabezas de unas con los cuerpos de otras en una suerte de puzzles macabros que quedaban tendidos sobre la alfombra de juegos de las niñas.

 Pasábamos los veranos  en casa de la tía Edelvina. En cierta ocasión la tía le estaba arreglando el vestido a la prima Rosarito-No te muevas, niña, o te pincharé con el alfiler-reclamó tía Edelvina- Entre las carnes que has perdido   y el estirón que has dado por lo del sarampión, mal arreglo tiene el vestido- Y es que  la prima Rosarito ya asomaba la hermosa mujer que sería años más tarde. Sus hombros rectos y sus pechos pequeños y delicados me habían llevado en más de una ocasión a contemplarla a escondidas, a  disfrutar del  espectáculo de la desnudez de su cuerpo en alocada muda. Los veranos íbamos a pasar unos días  con los tíos y yo la espiaba desde los cuarterones entreabiertos  desde la cija . Y cada año podía constatar la emergencia de nuevos y dulces pecados en su anatomía.  En cierta ocasión hicimos pis juntos y aquello se me puso grande y a Rosarito le chocó y  causó gracia y luego me toqué en el cobertizo pensando en su lengua y en su dentadura aún en su mitad de leche. Mientras la tía Edelvina le hacia los arreglos al vestido  y esperábamos a que llegasen los demás, mi hermano se entretenía con una cucaracha que emergiendo de las rendijas de la tarima se encaramó a uno de los cojines en el suelo. La atenazó con dos palitos y la metió en un frasco de colonia vacío. Giraba el frasco  en el aire   observaba al animal en su transparencia. En sus ojos había una dulzura bobalicona que me irritaba hasta ulcerarme las entrañas. Y mira que parecía disfrutar el muy idiota, contemplando los intentos vanos del animalillo por trepar el resbaladizo cristal. La tía le hizo alguna recriminación pero en un tono en absoluto reprobante y, sin embargo,  mi hermano, perdiendo una vez más las estriberas, tiró con gran fuerza el frasco contra el suelo de manera que los cristales se esparcieron en añicos ante nuestros atónitos ojos. Aquellas escenas no hacían presagiar nada bueno y yo albergaba cierto miedo en el caso de caer en las fauces de su ira. Pero lo que definitivamente me abrió las esclusas del miedo fue el hallazgo de una muñeca a la que mi hermano había decapitado, como era costumbre en él. Pero esta vez en el lugar donde antes estaba la cabecita de trapo y   lanilla rubia y  ahora lo hacía  la cabeza de uno de los  cachorros de perro que Tula, la perra mastín que cuidaba la hacienda, había parido pocos días atrás. La sangre aún fresca del cuello burdamente sesgado  del cachorro se destilaba por el cuerpo de la muñeca ensangrentado su vestido y algunas de  las pajas del suelo del cobertizo. Esa noche no pude dormir en la habitación con mi hermano. Con todas las  cautelas, recorrí  el alfombrado del pasillo que ahogaba  mis  pisadas hasta  la habitación donde dormían  mis padres. No les conté nada, alegué un mal sueño,   a mi hermano tampoco le conté nada, temía posibles represalias.

_Así que no sé que más añadir a sus preguntas, qué decir que no haya dicho, qué matiz olvidado que pueda serles de utilidad-. Yo había tratado de recordar cada detalle de aquella tarde. La tarde en el río Vall-de-Santo,  el buen tiempo invitaba a demorarse y nos demoramos. Las muchachas se bañaban en las aguas transparentes, inagotables y alocadas conversaban, se reían, salpicaban. El sol declinaba ya y las manchas de sombra comenzaban a colonizar pequeños segmentos de sus anatomías vivísimas. Las piedras redondas y pulidas y sus pechos, también redondos y pulidos formabas islotes en que de vez en cuando mis ojos arribaban como naves descubridoras. Luego las muchachas abandonaron el agua. Sus cuerpos crecieron hacia la orilla donde los juncos y las flores silvestres se estremecían con el aire de sus vuelos y el roce de sus pies. Luego, que quieren que les diga, como una sombra, un sueño, una laguna de la memoria. De pronto ya no se escuchaban las alocadas conversaciones de las muchachas ni sus risas salpicando en la orilla. Las llamé. Las busqué por los alrededores. Bajé una ligera pendiente cubierta de ramas caídas y hierbajos silvestres. Entre la maleza seca  esquivé un tacón de zapato y luego descubrí el pie desnudo y después el otro. Pensé que se trataba de mi prima Rosarito pero no eran sus zapatos ni su vestido. Lo que vino después es de una naturaleza tan horrible que apenas si tengo fuerzas para reproducirlo en palabras. Metros más abajo hallé el cadáver de otra de las muchachas, ahora no cabía duda que se trataba de la pobre prima Rosarito. Eran sus zapatos, su vestido, su cintura y su cuerpo ascendían hasta su ensangrentado cuello del que emergía la cabeza, macabramente ensartada de la otra de las muchachas. Estaba girada ciento ochenta grados, su rostro se alineaba, así,  con la línea de la espalda de la pobre Rosarito, como mirando a un abismo vació de pasado. No quise hacer más averiguaciones corrí. Corrí hasta la casa azul del telegrafista que intentó sosegarme  inútilmente.

Y ustedes quieren que piense tranquilo que mida cada palmo de mis recuerdos y como quieren que yo sepa cuando  me dicen que  El Naipe pasó la tarde en la casa entretenido con sus estampitas y sus bichos, que así lo atestiguó mi madre. Que entre mis enseres encontraron en el registro una hoz con rastros de sangre, que  abrí la lata del veneno y maté las cucarachas y las hormigas que mi hermano guardaba en latas y frascos. Que el Naipe y mi madre, dijo el forense, tenían restos del veneno en sus estómagos. Ahora que están limpios de  bichos el jardín y la casa ahora que la pobre Rosarito no se besará más con ese joven. Aníbal, me parece que se llama… 


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