Relato: El prodigio

¡EL PRODIGIO¡ 

Pocas mañas como las suyas para el alivio. Pero cualquiera de las  habilidades de Sara se antojaba  insuficiente a Horacio, pues la satisfacción de la deuda contraída  con el cuerpo, no suplía aquella otra pendiente con el alma. –Ninguna necesidad tan grande…-repetía Horacio con terca insistencia a la dulce Sara-…en la vida de un hombre, como la necesidad de una  compañera- y añadía, cuando ya compuesto se disponía a abandonar “El jardín de las delicias”: – en una  hacienda puede no haber  más bienes que los imprescindibles para un severo acomodo, ni más yugos que los que atan un cuello a otro cuello  en el acarreo de las pocas  alegrías y las muchas miserias, ni más lujos que los de unas manos  para el sosiego, pero ¡ay si falta una mujer en la casa¡…, las estancias, los silencios, el aire mismo se adensa y vuelve gris como si todas las desgracias del mundo  sobre uno obrasen.- Sara se llevaba las manos a sus cordiales pechos y se reía y vociferaba en tono burlón: -pues ya sabes Horacio, cuando seas rico, ven a pretenderme, ya sabes que soy una “señorita de noble cuna” y mi padre desea  que encuentre un hombre de posibles .- Sara era muy amiga  de este tipo de socarronerías que soltaba  y luego  se quedaba riendo sobre aquellos fuertes pilares de carne blanca que eran sus robustas piernas. Mientras, Horacio se alejaba para buscar algún alivio en la soledad del paseo. A veces,  se pasaba las tardes absorto en los caprichos de las humedades de las vigas,  embebido en las telarañas de los rincones que subrayaban aún más  su soledad. Reposaba su cansancio sobre una vieja mecedora en madera de alcanfor. A la soledad de sus desgracias se le había venido a añadir una nueva que lo enfurecía aún más, la sordera. Antes el viento, si alentaba con su silbo la tarde o enloquecía con su fuerza las ramas de los árboles, le distraía de sus amargos letargos. Pero quedaron atrás los días en que averiguaba el sofoco del tren varios segundos antes de que la máquina se escondiera tras el humo en el apeadero cercano. Y se había borrado del aire el murmullo de envites y juramentos  a través de los ventanucos de  “El Asaltillo”, una cantina colectora de viejos  y borrachos que olía a naftalina y alcohol. Y las conversaciones de la gente se habían convertido en secretos tras los  labios inalcanzables. Horacio había rebasado la frontera de los sesenta, algunos aseguraban que, por sus cuentas de quintos, había de tener cerca de los setenta años. Había cosechado fama de hombre fanfarrón y pendenciero y  corrido la vida como un perro cimarrón injurioso en las palabras y desventurado en las obras. –Ya no oigo más que los recuerdos- se lamentaba a menudo.-Mis oídos sólo se avivan durante el sueño profundo- entonces sí, reconstruía todo el espectro de sonidos que luego se derrumbaba en la vigilia. La partitura de la vida recobraba sus melodías y se deleitaba en la algarabía escandalosa de los niños, en el nítido correr del agua de la fuente, en el chasqueo de la lengua de alguien que tiró un órdago sobre la mesa de juego. Adivinaba  ,incluso, el rastro que emprendió en su huida la aguja esquiva. Pero cuando despertaba, los sonidos se apagaban y entonces se enfurecía y gritaba, y la vibración frenética de sus cuerdas vocales apenas alcanzaba sus oídos en destierro y entonces, el desespero y en ocasiones el llanto. Una tarde que se disponía más larga de lo habitual, decidió salir a la leñera, tomó una de las botellas de vino que tenía guardadas entre las maderas mojadas,  por alguna extraña razón creía que ésta era la mejor forma de conservar el  vino. Pasó luego a la casa, se arrellanó en la vieja mecedora y bebió y bebió con desesperada convicción de aniquilar así sus sentidos. Cuando ya el vino lo tenía preso en su mazmorra de melancólicas sensaciones, comenzó a balbucear maldiciones contra su sordera y contra el mismo Dios. Y preguntaba insistentemente, -¿qué…qué….qué…- y juraba contra un mundo que cada vez le hablaba más bajo como alejándose de él. Y así hasta que fue vencido por el sueño. Transcurrieron varias horas hasta que el descanso lo repuso de su exceso. Las criaturas enmudecieron bajo el orbe de la noche, y la luna cubría con su luz nueva los campos y el camino que blanqueaba entre las elevadas pendientes. Horacio no amaneció antes del mediodía. Cuando despertó, una luz cegadora le hirió los ojos, y a través de la ventana abierta le llegaban los distintos olores que ayudaban a descubrir un entorno de naturaleza viva y fresca. Horacio tenía un punzante dolor en las sienes, intentó incorporarse, pero entonces el dolor se agudizó y decidió no adelantar los acontecimientos más de lo debido. Se tendió de nuevo en su camastro boca arriba con el dorso de su mano derecha cubriendo parcialmente su frente y sus ojos. Pero de pronto, algo le sobresaltó, creía escuchar, con asombro, las hojas de los árboles mecidas por un ligero viento. Pensó que sería un efecto del dolor de cabeza, o que quizás estaba aún soñando, o en el peor de los casos, muerto. Y que la gloria que llegaba a sus oídos no fuera terrenal. Poco a poco fue distinguiendo con claridad el sonido de las aguas cristalinas de un arroyo cercano y los gorjeos provinentes de las gargantas de pequeños animalillos de plumas multicolor, pues así los escuchaba él, con tal nitidez que  podía adivinar sus colores y tamaños. Fijaba sus oídos con placer en cada criatura, en cada cosa, en cada matiz olvidado que ahora recobraba con entusiasmo inexplicable. A medida que transcurrían las horas, los días, las semanas, su capacidad auditiva mejoraba de forma progresiva. Incluso ya superaba lo deseable para una persona de su edad, ganaba porfías, alardeaba y resplandecía de gozo. En el entorno unos hablaban de milagro, otros no le daban más crédito a ésta que a anteriores  fanfarronadas  del viejo loco. Pero todo esto, poca mella hacía en el contento de Horacio, el cual atribuyó al vino y a su secreta forma de conservación aquella mejoría prodigiosa. Horacio estaba ya tan satisfecho de su cambio que esperaba cesara pronto aquella procesión de ganancias auditivas. Pero no fue así. Cada día sus oídos penetraban en las cosas más secretas, tanto que ya sentía vergüenza de referir a las gentes el alcance de una capacidad que comenzaba a volverse incómoda. Por la noche tenía que dormir con las ventanas cerradas pues le interrumpía el sueño el crecer mismo de la hierba que llegaba con absoluta nitidez a sus oídos. A distancias inabarcables para ningún oído humano, él era capaz de distinguir un vuelo de palomas de uno de  tordos. Una noche incluso, percibió el crepitar de las llamas de una hoguera que unos pastores habían dispuesto para guarecerse del frío a varios kilómetros. El ruido de la carcoma en su constante y destructivo empeño se hizo tan insoportable que hubo de deshacerse de armarios sillas, mesas, de tal forma que sólo quedaron en la casa, su vieja mecedora en madera de alcanfor y el camastro donde ya no hallaba descanso. Si encendía la lumbre baja de su cocina, el ruido las llamas constituían para su sobrenatural condición,  un hecho tan espantoso que ni en el mismo infierno. Tenía que caminar descalzo pues el ruido de sus pisadas le punzaba el tímpano y si la cucharilla chocaba, fortuitamente contra la loza, tomando el café, era como estar debajo de  una enorme campana de   catedral enloquecida en frenético vuelo. Conocía hasta el más oscuro secreto de cada persona del pueblo, seguía el bisbiseo de las cuentas en los rosarios, escuchaba el eco primer llanto prenatal de los fetos el último ronco suspiro de los moribundos y últimamente era tal su agudeza de sus oídos que todos los sonidos, hasta los más imperceptibles, se agolpaban a la vez en su aturdido cerebro, con lo cual oía todo y nada a la vez. La situación se había hecho insostenible. Llevaba varias semanas sin salir de su casa. Había taponado sus oídos con cera de vela y llevaba  una camisa de borra sujeta por debajo del mentón y atada por encima de la cabeza, a la manera en que los que sufren dolor de muelas tratan de aliviar su castigo. Intentaba así, mitigar la entrada de cualquier sonido que se multiplicaba en su recepción de manera tan descomunal. Pero todo tentativa resultaba inútil. Cierto tarde  de un lunes de aguas, tres muchachos de tiernas edades se dirigían a los ensayos del coro que el señor cura conducía en la iglesia del pueblo desde que se hizo cargo de la ferigresía  hacía cuatro años. Los niños iban ociosos en una sencilla tonada. Sus  hilos de voz tejían,  con  dulces acentos, fluidas cadencias que emergían de sus gargantas. Al pasar cerca de la morada de Horacio, éste, sin embargo, creyó, que frente a su cabaña se habían congregado una cohorte de demonios vociferantes que venían a atormentarle, si es que en él, cabía más tormento. Salió con ímpetu impropio de un hombre de su edad al encuentro de los tres muchachos. Por un momento pensaron, al verlo, así, desaliñado por los muchos días de falta de  arreglos y aseo y   con aquella camisa mugrienta alrededor de un rostro desencajado, que era el propio diablo era quien cernía su sombra sobre el camino. Uno de los niños gritó -Es el  loco, Horacio, el viejo sordo del apeadero- y los muchachos una vez desvelada la identidad de tan súbita aparición, lo insultaron, se mofaron de su facha, y corretearon a su alrededor como insectos voraces alrededor de la luz… Las voces,  el estrépito burlón y la hilaridad ansiosa de los muchachos nublaron la poca razón  que le quedaba al pobre Horacio, quien halló una piedra al alcance de su mano y la lanzó contra aquél remolino de  niños. De pronto, aquél natural y cruel festejo de los niños, se tornó en silencio. De la sien de uno de ellos, ahora a ras de suelo,  nació un reguero de sangre definitiva que alcanzó el temblor descalzo de los pies de Horacio. Los acontecimientos que siguieron, como se puede suponer, abrieron una yaga de dolor y consternación entre las gentes del pueblo que será difícil de cerrar en mucho tiempo. Sólo decir que el viejo, tras tomar conciencia del rango de su inefable acto, terminó con su propia vida arrojándose a  la máquina del tren que se escondía tras el humo cuando detenía su marcha en el apeadero cercano. Y en la duda de muchos queda, si fue crueldad, inocencia o  locura lo que, esa tarde de aguas,  abrió el portón de la tragedia. 


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