Relato: El señor Arnáuz

EL SEÑOR ARNÁUZ 

Atardecía un 21 de octubre. Él río, a tenor de las últimas lluvias, venía muy crecido. La tarde, se  había echado encima como una emboscada. Hacia la parte central del puente, un hombre   apoyado en la baranda,  parecía respirar con dificultad, como si acabara de correr y le faltara el resuello. El señor Arnáuz daba su paseo como de costumbre y se vio  sorprendido  por aquella inesperada presencia. Alguna vez, aquel puente,  había sido noticia de algún asalto y otros sucesos clandestinos . Arnáuz  era un hombre de complexión pequeña y quebradiza pero no solía  mostrar temor ninguno. Sus  pasos afelpados y despaciosos contrastaban con el repique  de  su bastón de bambú sobre las tablillas  del puente. Era un aristocrático bastón con empuñadura de marfil blanco que representaba un halcón apresando una codorniz. Anduvo hasta que  la silueta dejó de ser un grumo  jadeante y se reveló  un hombre que lloraba  farfullando frases ininteligibles para Arnáuz.   Procuró no rebasar la distancia de cortesía caminando bien pegado al lateral contrario del puente; aminoró, eso sí, el paso,   esperando, quizás, demanda de alguna ayuda  por parte de aquel hombre.  Cuando hubo llegado a su altura, la silueta,  se giró con el cuerpo y la cabeza inclinados ligeramente hacia el río…y dijo con voz derrotada: ”Se nos terminó el tiempo”.

Acababa de dejar el apartamento de Ágata. Pasó por la redacción para ultimar algún trabajo pendiente, dejó escrita una carta donde lo explicaba todo.  Todo tuvo que torcerse precisamente el día en que él  la había perdonado. Haberla perdonado, no había hecho sino empeorar su ya calamitosa situación. Ella ya sabía que él la había leído aquella carta de amores furtivos y tanto daba que lo supiera que no. Su perdón no vino sino  a añadir más humillación sobre sus sospechas. En sus ojos se acumulaba el desprecio de todos estos años…Llegó corriendo a aquel puente con la única salida que le queda a un hombre cuando todas las salidas se le han cerrado. Estaba inclinado sobre la baranda llorando desesperadamente y maldiciendo su vida, cuando oyó unos pasos.  La silueta de un hombre menudo con un bastón se acercaba muy pegado al otro lado, como con miedo,pensó Jean-Clement, le pareció que  vaciló un instante, como a punto de girarse y desaparecer igual que un contrabandista en medio de la noche. Cuando estuvo a su  altura, se giró con la cabeza y el cuerpo decididos a vencerse y con voz derrotada dijo: “se nos terminó el tiempo”

Los dos hombres quedaron el uno frente al otro, tras  varios segundos sin hablar, Arnáuz, se interesó por el desconocido, le preguntó si necesitaba ayuda. El rostro de aquel hombre, ahora ligeramente iluminado por la cenicienta luz de una barcaza, se revelaba agradable, se podía decir que apuesto. Todo, conforme al heterosexual concepto que Arnáuz alcanzaba a tener sobre la belleza masculina. Entonces hablaron:

“¿Una mala noche?”.Preguntó Arnáuz virilizando su voz con una impostura de actor”. “Si, una mala noche. Muchas malas noches, pero ya no habrá más malas noches”, añadió Jean-Clement, llevando las palmas abiertas de sus  manos sobre la humedad de la baranda y clavando la vista en las crecidas aguas. Arnáuz se presentó como el señor Arnáuz y preguntó la gracia de quien bien parecía carecerla esa noche. . Arnauz sacó una pitillera plateada y encendió un cigarrillo como presagio de que aquello se alargaría por un rato y se interesó con una de esas preguntas de consabida respuesta , como para rellenar un espacio o allanar un camino “¿Jean-Clement es nombre francés verdad? No hubo respuesta. El desgraciado insistió: “demasiadas malas noches, esta será la última”. “Pero…uno se suicida y ya…”dijo Arnáuz. “Y ya ¿qué? Inquirió el hombre. “Pues eso, que no son maneras… Quizás yo tenga una concepción demasiado convencional acerca del sufrimiento, de la infelicidad, del destino, pero ¡qué caray¡  tenemos que ser más combativos. No dejarnos  vencer por los impulsos generadores del abatimiento”. Sin ir más lejos ahí tiene a Bruna, Bruna es mi gata,  una siamesa. Era simpática y villana como todos los gatos. Digo era porque ya es muy mayor y tiene todos los achaques que se puedan acumular durante siete vidas, y su única preferencia clara se reduce a largas estancias tumbada en la vieja chaisse-longue sobre su cojín color lila. Y ahí la tiene, aguantado de ley.   No es que yo tenga intenciones de quitarle las suyas. Sólo que me atrevo a exponer mi parecer si  esto no le sirve de molestia”.

Aquel hombre, que dijo llamarse Arnáuz, le resultaba un sujeto curioso a aquel desgraciado aunque no alcanzaba a descifrar por qué, pero sus palabras le eran gratas. Quizás porque encontraba cierta coherencia entre los rasgos del rostro de aquel hombre menudo y quebradizo y sus ingenuas consideraciones.  Quizás por que en medio de la soledad cualquier islote humano supone una promesa reconfortante. De otro lado, un intento de análisis de la situación no habría hecho sino entorpecer un desarrollo natural de los acontecimientos.

“Lo más probable es que  usted, mañana vea las cosas con otra luz. Que usted quiere que sus penas se las lleve el río, bien, no seré yo quien se lo vaya a impedir. Pero piense que  se llevará las penas de hoy y quien sabe si las  alegrías de un mañana que ya nunca será. Y mire que los excesos de vanidad nos llevan a los callejones sin salida y a las barandas de los puentes.” “¿Vanidad?. “Ese es mi problema, que ya no me queda vanidad, ni  orgullo, ni dignidad siquiera. Sólo me queda el miedo a vivir”. “Pues  mire usted, confidencia por confidencia, a  mi lo que no me queda es confianza”. Creo que después de tantos años al lado de  Bruna, se me han contagiado sus recelos hacia todo lo conocido y  lo desconocido”.

 “Yo …, era feliz con ella, con Ágata, mi esposa.¿Usted no tiene esposa?”…Arnáuz entorna los ojos y agita la cabeza de lado a lado, como  un reo al que el fiscal  pregunta si recuerda donde estuvo la noche de autos. Finalmente afila los labios, como para adelgazar un nombre, el único que le sale es Bruna, su gata.

Pareció como iniciar el recuerdo de una vieja historia de amor pero cuando iba a pronunciar un nombre se interrumpió como si aquel portón no debiera abrirse y volvió a nombrar a Bruna como la única respiración  cercana a la suya. Arnáuz parecía haberse resignado a  la soledad, y a su gata siamesa  en la placided de su cojín lila. Y así, uno y otra, acurrucados y frágiles, guarecidos frente a la intemperie. “Pues Ágata y yo, a veces no nos soportábamos. Yo contra sus coqueterías inoportunas, ella contra mis celos, infundados, al comienzo… A veces, los domingos por la tarde eran el estuario donde desembocaban todas las ruinas que habían venido fluyendo en el transcurso de la semana. Los cauces de nuestra paciencia se desbordaban y el final era una cama fría con dos cadáveres dándose la espalda. Pero me reconfortaba la idea de que las cosas irían a mejor, sin embargo ahora…¿”Le ha dejado por otro, verdad?” preguntó Arnáuz con voz de sordina.   Y añadió que las mujeres son abundantes y extrañas y que las hay sujetas a la vida cristiana que pronto enviudan y limpian lápidas con las comisuras de los labios marcadas por el dolor y la pena. Y las hay que escarmientan a los incautos que caen en sus urdidas telas de ambición y las que rezan en la clausura de sus celdas y las que gozan en las alcobas de su condenación y así unas y otras se reparten con desigual suerte para los hombres que en el mundo somos.

Aunque la cosa podría haber dado para más, no se pararon en otras consideraciones. Jean Clement llevaba un rato encallado en la curiosidad por saber acerca de la empuñadura del bastón del hombrecillo y  se atrevió, por fin,  a preguntar si la escena aquella del halcón apresando la codorniz, guardaba para Arnáuz  algún significado o acontecimiento reseñable. Arnáuz, adoptando una pose de hidalguía y fotogenia, alargó sus  manos sobre la empuñadura y con el apoyo sobre una pierna y la otra ligeramente flexionada, fue escueto en su respuesta. “Fue de mi padre”. De él heredó los sinsabores de una hacienda endeudada, una chaisse-longue , un cojín lila que pudo salvar de los sucesivos embargos y el propio bastón que guardaba como recuerdo.

La noche siguió tejiendo sus telarañas de intranscendente conversación y las aguas del río rugían sobre las desvencijadas maderas de un antiguo dique.

 “La única gimnasia que le queda a un corazón vencido por las agujetas de la pena es el consuelo de la palabra”. Esa fue la frase con que Arnáuz se despidió de Jean-Clement que sacó un libro de poemas del bolsillo y se lo entregó al señor Arnáuz en prenda de su agradecimiento.

Semanas más tarde , en la página de sucesos del diario local, se podía constatar  que las palabras  del señor Arnáuz poco habían podido contra la testarudez de la pena y el dolor. En el fondo de las aguas del río, muy cerca del puente, se había hallado el cadáver de un hombre de mediana edad que vestía un abrigo gris y una corbata de fantasía . A consecuencia del “rigor mortis”, declaraba la crónica del suceso, ha  resultado muy complicado arrancarle al cadáver de las manos un bastón cuya empuñadura de marfil blanco representaba una escena de cetrería. Y añadía, que en el registro rutinario que la policía efectuó en la casa donde se hospedaba el fallecido, había aparecido muerta una gatita siamesa, yacía como dormida en una  chaisse-longue sobre un  confortable cojín lila.

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