Relato: El sueño de Santa Florienza

CUENTO XIX

El sueño de Santa Florienza

  

Al anochecer Clarina ayudaba a su madre y a su abuela a clasificar los tintes, a lavar los recipientes que colocaban, una vez limpios, alrededor del patio. Los faroles encendían una débil llama como en letargo que  armonizaba con la también débil y pausada voz de la madre de Clarina quien examinaba con atento empleo cada detalle del laborioso proceso. La niña había cumplido doce años y sus padres dedicaban toda su  ternura a la crianza de su hija de quien esperaban fuera iluminada por la encegadora luz de la santidad cristiana. Sus padres, pero sobre todo, su madre y su abuela Edelvina veían  en ella el culmen de una consagrada entrega  a este mundo para contribuir a  recobrar su  paralizado instinto de bondad . Al servicio de tal empeño ponían toda suerte de excesos. Después de haber cumplido con el ritual de los tintes, cada noche, la madre, la abuela o ambas a la vez, obligaban a Clarina a la presignación, al rezo y a la lectura de algún pasaje sobre la vida de algún Santo o Santa. Así, la pobre niña, cada noche,  antes de echar el velo a sus  ojos cansados e inocentes, tenía que leer la vida y misterios de Santa Bernardita Soubirous, vidente de Lourdes o  de Sta Cantalina de Génova, esposa, santa y mártir o la del beato Damián de Bolokai, santo de la leprosía. No pocas veces se llevó Clarina más de un pellizco o una manotada en ocasiones en que el sueño podía  más que la severidad de su madre y su abuela y así, se le escapaba algún bostezo o gesto de cansancio. Y a la menor tentativa de llanto, la madre o al abuela Edelvina reprobaban su conducta  con un manojo de frases que por tantas veces oídas, las sienes de la niña iban anticipando como un eco al revés, es decir, a priori. Que si tenía sueño, ya tendría tiempo de dormir una vez cumplida su obligación para con Dios y su vocación. Y le recordaban las palabras de San Anastasio de Antioquia, para quien el sufrimiento era necesario como lo fue para nuestro Señor Jesucristo el padecimiento en el Calvario y la Cruz y cómo el Santo nos avisaba de que el propio Jesucristo calificó de hombres de corta inteligencia a aquellos discípulos que no entendían que su maestro debía sufrir para entrar en la Gloria del Padre.

No es raro que la niña adelgazara como lo hizo, pues eran muchas las noches que se iba a al cama con un huevo sorbido o incluso en ayunas. De esta manera y conforme al criterio de sus guías espirituales, es decir, su madre y la madre de ésta, purgaría mejor los pecados. Pecados que la niña pensaba  le rugían en el estómago y entre los intersticios de las tripas que no hacían sino protestar contra el hambre. De todos los pecados, avisaban a Clarina,  los peores eran aquellos relativos los  placeres  de la  carne. Así pues, la previnieron contra los hombres en general y contra los más perversos en particular. Que siendo como era una crisálida en transito a la mocedad,  se cuidase de ahí en adelante, de expandir entre los muchachos incautas ternuras que pudieran ser  interpretadas   por aquéllos como salvoconducto hacia la libertina acción. Luego, eso sí, tras estos inviernos de palabras, llegaban  palabras más cálidas y las caricias más tiernas.

 De todas las vidas de Santos y Santas que había leído e incluso aprendido, aquélla que más le cautivaba era la de Santa Florienza, una Santa italiana, que llegó a alcanzar la santidad después de  haberla dado ya por descontada en la lista de los justos por quienes hacen las listas aquí en la tierra. Por haberse perdido en el laberinto de los placeres mundanos más indignos que uno pueda imaginar. Pero Dios, afirmaban la madre y la abuela en un tono inconfundiblemente pío, no descuenta a nadie en su inmensa lista del perdón, si hay arrepentimiento y propósito de enmienda. Lo que más le impresionaba a Clarina de la vida de esta mujer recuperada all rebaño cristiano y encumbrada a la Santidad, era el pasaje en el que se explicaba como recibió la visita de un Enviado, en sueños, y cómo éste tomó el corazón de la mujer y delante de ella lo depositó en una cajita transparente de muy hermoso cristal. Cada vez que ella volvía de una fiesta, de un encuentro lujurioso, cada vez que el pecado volvía a incidir en su flaqueza, regresaba aquel sueño con la cajita que contenía su corazón y éste ennegrecía más y más  y un terrible hedor emergía de la misteriosa caja. A veces se despertaba envuelta en terribles convulsiones y el hedor era tan insoportable que tenía que abrir cuarterones y ventanas de par en par, auque el frío arreciara en la invernal noche. Florienza comprendió el mensaje del  Enviado. Y decidió interrumpir la corrupción de su corazón convirtiéndose así en una mujer renovada. Renunció a los caprichos del cuerpo, un cuerpo que cubrió con arapos, descalzó sus pies y se hizo subterránea como la lombriz para huir del aire enrarecido que había envenenado sus pulmones. Entregó cuanto tenía y su corazón entumecido y seco comenzó a fluir hacia los demás y sólo una vez más soñó con El Enviado que ahora, tomaba el corazón de nuevo de la cajita de hermoso cristal transparente y convertido en una rosa abierta lo depositaba de nuevo, en el pecho de Florienza. Esta lectura era la predilecta de Clarina, pues es la única que le mantenía despierta y sin distracciones, lo cual implicaba ausencia de manotadas, pellizcos y reprimendas por parte de sus criadoras  espirituales.

Clarina acudía al colegio del pueblo, siempre,  no sé si decir acompañada o custodiada por su padre, su madre o su abuela. Cierto día, cuando Clarina esperaba junto a la blancura impasible de los frisos de mármol que conferían una espléndida severidad a los pasillos, se le acercó un muchacho que adelantaba a Clarina en dos cursos y se paró frente a  ella. Clarina respondió a la sonrisa del muchacho con forzada indiferencia. El rostro del chico era amable y en su sonrisa había un brillo glacial que dejó helado el semblante de la chica. Sacó de su portafolios un papel doblado varias veces y se lo entregó a la muchacha, quien no rehusó a la honda expansiva de sus manos rozando las suyas. Guardó la nota en el bolsillo de su vestido y  aguardó la llegada de su custodia. Aquélla tarde, la pasó Clarina recostada sobre el banco azul  que integrado en la arquitectura de la casa separaba la cocina del pasillo principal. Los pies le colgaban y hacían círculos continuados o pendulaban como un ahorcado en una actitud de la niña  visiblemente nerviosa. Aún no había leído la nota que le había entregado el muchacho en el colegio. Pensó en romperla sin conocer siquiera su contenido, pensaba en cuanto su madre y su abuela la habían advertido acerca de las perversas maquinaciones de los hombres. Pero su curiosidad pudo más que su miedo. Sus dedos temblorosos se apresuraron en desenvolver el misterio. En el papel, se leía una frase temblorosa y  amable y una sensación extraña le subió por la piel a la chica. De aquella barriga donde, a veces,  le rugían los pecados, nacía una sensación extraña y nueva para ella. Aquella frase amable era un empujón al borde de algún abismo volcánico y desconocido cuyo magma incandescente abrasaba la cara de Clarina. La muchacha volvió a plegar la nota en orden a las  dobleces anteriores, la apretó en su mano diestra que cerrada en un puño, llevó entre los dientes.

El auto del hortelano irrumpía desde la calle con su característico claxon para avisar de su presencia en el pueblo. La madre de Clarina pronunció en nombre de la niña con la modulación ascendente que anticipa un mandato. La niña cesó inmediatamente el pendular de sus pies, secó la saliva de su puño contra el vestido y salto del banco para  tomar la cesta y el dinero presta a cumplir con el mandado de la madre. Compró una hermosa lechuga acogollada y una docena de huevos. La madre le recordó  que los huevos eran para su tía Dora que andaba otra vez con lo del cólico al riñón y no podía apenas moverse de la cama. Clarina aún tenía la cesta en una mano y apretada, entre la palma de la otra y la fresca carne  de la lechuga, llevaba la nota que le había dado el muchacho. Se dirigió a la alacena donde depositó la cesta mientras colocaba en el estante preciso la lechuga. El sudor de sus manos había contribuido a que parte de la tinta de la nota se disolviera. Sobre todo la parte final donde aquellos cumplidos amables concluían con una solícita petición de encuentro a solas con la chica. Determinó esconder el papel entre unas tablillas sueltas de la lacena, tomó la cesta con los huevos y puso rumbo a cumplir el encargo de la tía.

Una semana después, la madre de Clarina se quejaba del olor que desprendía la lacena.- Ven, Clarina hija, dime si es cosa mía o es cierto o tú también notas este horrible olor- La niña hizo el gesto que hacen los niños cuando algo les sabe o les huele mal- He mirado bien, en todos los estantes y no veo nada que pueda provocar esta fetidez. De pronto los ojos de Clarina se abrieron como con asombro, estiro la mano derecha hasta el hombro izquierdo y comenzó a  pellizcarse la hombrera como cuando estaba nerviosa o intranquila por algo. Y es que de pronto Clarina empezaba a entender, a hilar una cosa con otra. Su madre seguía sin explicarse la procedencia de aquel olor y Clarina apretaba la boca y siguió pellizcándose la hombrera hasta que deshizo el lazo envuelto en sudor nervioso. Ella seguía hilando una cosa con otra: la cajita de Santa Florienza, el hedor de su corrupto corazón por sus muchos pecados, la nota de aquel chico de la escuela, el fuego del infierno que sintió al rozar su mano y por último  aquella tentación del demonio manuscrita, doblada y escondida entre las tablillas. Eso era. La niña seguía hilando una cosa con otra y ya no le cabía duda ninguna. El hedor que desprendía la lacena era porque albergaba un germen de pecado. No podía decir nada a su madre ni  a su abuela. No podía. Por mucho menos había sufrido castigos y penitencias. La niña no supo aflojar las riendas de su caballo de supersticiones que corría desbocado. Un caballo que tanto su madre como su abuela se habían encargado de críar y ahora, no obedecía ni a rienda ni bocado. La niña no podía imaginar que aquel misterioso olor obedecía a causa tan natural como es un huevo, aquel que  con las prisas y el bocinazo del carro del hortelano ambulante, cayó y toda su sustancia se filtro por entre las rendijas. El tiempo, los procesos químicos de la descomposición y el hermetismo de la alacena hicieron el resto. No se atrevió esa tarde, ni al día siguiente a coger la nota. Tenía que espiar su culpa. Quedaba poco tiempo para la Comunión y tenía que limpiar su cuerpo y su alma antes de recibir a Jesucristo. Eso le decían continuamente su madre y  abuela Edelvina. Fue a tomar confesión con el Padre Alfonso, un cura ya de edad que a veces iba a casa y se interesaba por la salud de mi madre y la tía y por cómo iba el negocio de los tintes, pero sobre todo se interesaba por el chocolate con picatostes que tía Edelvina preparaba-¿Y el pedacito de vainilla?, Edelvina, lo has echado verdad. ¡Qué toquecito le da al chocolate¡- Siempre decía lo mismo, qué toquecito le da al chocolate. Y es que el Padre Alfonso no se permitía ninguna banalidad excepto aquélla del chocolate con picatostes que le encendían los ojillos como lucecillas celestiales. –Esto es un pecado venial-añadía, al último sorbo, con las comisuras de los labios manchadas del espeso manjar.

-Ave María Purísima-Sin pecado concebida-Hace…no se…unas semanas que me confieso.-Bien hija. A ver que pecadillos son esos…- El Padre Alfonso percibió que la niña estaba muy contrariada y detectó tanto en la voz como en sus ojos que estaba cerca del llanto. – Tan grande son tus pecados que tanto apuro te da decírselos al Señor.-Si padre, muy grandes.-En vista de que no arrancaba el Padre Alfonso decidió ayudarla con indagaciones eucarísticas: -¿Has traicionado alguna amiguita tuya?- No padre- has insultado o faltado gravemente el respeto a tu padre, a tu madre o a tu abuela?-No padre- ¿Has faltado a tus obligaciones para con tu vida cristiana y tus rezos?-No padre. ¿Has tenido algún pensamiento o deseo impuro?…Aquí, el silencio de la niña le puso al sabueso Padre en el camino. –Al Padre Alfonso le sobraban tablas y con esa forma de preguntar que sólo los sacerdotes tienen para abordar según qué asuntos, así pasó a la siguiente indagación: -¿te rozas Clarina?-A Clarina le sorprendió la pregunta. Iba a responder que no. Pero de pronto le vinieron a la cabeza los zapatos de los Domingos. Le quedaban pequeños pero ella no decía nada por miedo a la reacción de su madre y su abuela. Así que respondió un escueto, SÍ.- ¿Y te rozas muchas veces o sólo  de vez en cuando?-Sólo de vez en cuando- respondió la niña- ¿Y lo haces en solitario o con alguien más?- Pues a veces sola y otras con más gente, sobre todo los Domingos en la iglesia cuando estoy de pie- ¡Oh Dios Santo¡, en la Iglesia? Al Padre Alfonso le cogió un sobresalto. ¿ por qué en la iglesia precisamente? No lo se Padre pero a veces me rozo tanto que no aguanto más y me dan ganas de salir corriendo? A mi madre y a mi tía no quiero decirles nada pues se enfadarían conmigo- Claro hija, claro. Bien pues en penitencia vas a rezar cuarenta Ave Marías antes de dormirte y tienes que ayunar la cena de un mes completo. Y cada vez que no puedas evitar rozarte, sobre todo si es en la iglesia aumentarás la penitencia en diez Ave-Marías y una comida más de ayuno. Clarina no salía de su asombro y no entendía como a más de sufrir la cárcel de sus zapatos y por si esta no fuera ya suficiente penitencia, debía de añadir ahora las impuestas por el cura, que sumadas a las que de costumbre le infringían su madre y su abuela no le arrendaría las ganancias ni el más dispuesto de los penitentes que en el Santoral son. Así que la muchacha prefirió no relatarle al cura el pecado que la había llevado a confesión pues si aquella era la penitencia por la rozadura de unos zapatos, si  contaba lo de la nota, el roce de manos, el calor en sus venas, la ocultación del manuscrito en las tablillas de la lacena; seguro, pensaba, que el Padre Alfonso la mandaría  recluir en un convento de clausura. La muchacha recibió la Absolución y fue en paz. El Domingo siguiente antes de la misa, la luz entraba por  las vidrieras que arrancaban la claridad y los olores de los huertos alambrados que rodeaban la iglesia. La mamá de Clarina advirtiendo que faltaba un cuarto de hora para el comienzo de la omilía dijo a la tía Edelvina y a Clarina que aprovecharía para confesarse con el padre Alfonso. Clarina alzó la mirada hacia su madre y con un semblante de inocencia, preguntó:- ¿Madre, a usted le rozan los zapatos?…-

 

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