Relato: El tragaluz

EL TRAGALUZ Porque las mujeres tan delicadas tan misteriosas dijo Padre. Delicado equilibrio de periódica impureza suspendido entre dos lunas. Lunas dijo llenas y amarillas como lunas de verano sus caderas sus muslos.                                                                                                                                William Faulkner 

Es injusto, claro que es injusto, que a un hombre lo tiren así. Una o dos veces lo vi acorralado por esa jauría de galgos rabiosos. Su tono de voz me hizo comprender que era un alma atormentada y que debajo de ese aspecto de carretero bronco, se escondía una naturaleza amable y muy de querer y de hacerse querer. Me contó que de niño, mudaba con facilidad de ciudad,  de casa y de amigos. Su padre tenía un cargo de gobierno que le obligaba a constantes traslados. En una de esas mudanzas, cuando él contaba  unos nueve o diez años, la familia hubo de   trasladarse a Florencia. Allí, se afincaron en un barrio bien. Vivían en una casa arrendada con la fachada de piedra y arcadas románicas que abrazaban una terraza de grandes dimensiones. Desde allí, el atardecer, era el blanco, el rosa y el verde de la catedral y se despertaban los sentidos y el deseo de contemplar el tiempo en su reposo. En aquella terraza solía jugar con su hermana Renata. Renata era una niña con la imaginación despierta, tanto, que a veces daba un poco de miedo. Proponía juegos extraños con personajes y mundos enigmáticos, pero con la garantía de no defraudar las expectativas de la diversión. Solía haber una tristeza en la expresión de sus ojos difícilmente conciliable con la dulzura de sus rasgos. Su hermano me contó que una tarde de juegos en la terraza, Renata,  le propuso un estreno:  “¿Joggiamo a creare, come si fossemos Dio?” dijo la niña, con esa filigrana que da la niñez al tono de un deseo. El juego consistía en que, tal y como Dios hiciera con el barro soplado, ellos harían con la plastelina. Crearían sus propios  Adán y   Eva terrenales. Repartidas las porciones de plastelina y al cabo de un rato de labor creadora, ella objetó que  Adán estaba quedando muy pequeño.  Arrancó, entonces, un trozo del montón de plantelina en bruto y se lo lanzó a su hermanito para que ajustara de forma conveniente las proporciones de su creación. “Eva, tiene que ser más pequeña” Las mujeres, son más pequeñas

que los hombres, ¿no ves? Él no puso reparos a los argumentos de su hermana. Y  pensó, que bien  podía haber sido  ella  quien quitase un trozo de su Eva al estar ambos muñecos  en similar estado de gestación, pero optó por el silencio. Desde hacía mucho tiempo, él parecía haber asumido una postura de tácita obediencia hacia los caprichos de su hermana. Una vez cumplido el canon al que debían ajustarse las criaturas, continuaron modelando un árbol al que pusieron algunas  frutas y pájaros. Y como eran Dioses podían decidir sobre la naturaleza y sus criaturas. Si habían de volar o reptar, nadar, hablar …Ella decidió que había que bautizarlos y casarlos luego. Para el bautizo bastó un dedal de agua que vertieron sobre las cabezas de los muñecos  y para la boda un pañuelo de gasa blanco  y el dedo de un guante viejo oscuro para Adán. Aquello continuó un tiempo por los derroteros que la imaginación quiso , la de ella, claro está; pero el juego comenzaba a decaer y  aparecía ya  el aburrimiento. Como esto no podía ser, a Renata se le ocurrió que había llegado el momento para el pecado original. Eva arrancó una manzana de plastelina del árbol del bien y del mal y se la ofreció a Adán que se mostraba reacio a morder la fruta prohibida. No por otra razón que no fuese la de renunciar a ingerir un trozo de pura plastelina. En ese instante Renata tomó a Eva en su mano derecha, la aplastó con ira y la volvió a su primigenio estado de masa informe. Modeló, entonces con ella, una  especie de bola, se dio la  vuelta, supuestamente para  morder un trozo . Su hermano, la recriminó que no debía hacer eso, que era veneno y su madre les había prohibido llevarse  a la boca siquiera las manos manchadas de aquel versátil elemento. Ella, sin embargo, aseguraba que era lo más sabroso que nunca había probado y que si su madre se lo prohibía, era porque su exquisito sabor les llevaría a no desear comer otra cosa. Tenía una habilidad innata para clavar el aguijón de la vehemencia en la carne de su hermano sin contemplaciones.

El niño se arrimó la tentación a la nariz, el olor no era  desagradable. Tentado por la curiosidad, mordió un trozo de la bola de plastelina y la engulló sin apenas darse tiempo de conocer su sabor. Una náusea le llevó el estómago a la garganta y vomitó sobre el vestido de su hermana. Ésta, en un rápido acto reflejo hizo ademán de retirarse para evitar lo que de hecho no se pudo evitar. Pero en esta ocasión, la fatalidad era hembra y alumbró una desgracia mayor cuando Renata, consecuencia de la brusquedad de su acto reflejo, perdió el equilibrio y cayó sobre la cristalera del tragaluz que se hizo añicos. La niña quedó tendida en el suelo de la habitación del piso inferior, sin consciencia,  como si todo ánimo hubiera abandonado el cuerpo de la niña. Su hermano, paralizado por el miedo, la contempló desde la terraza, como quien descubre la desgracia. Y vio  como de una herida  a la altura de la ingle derecha  manaba un incontenible río de sangre que teñía de herrumbre la pureza de su vestidito blanco. La niña salvó la vida de milagro. Su hermano cargó con la culpa y el desprecio  de sus padres duró más allá de la convalecencia de la niña. Nunca se sintió perdonado, liberado de una culpa que ni siquiera era del todo suya. Los años pasaron. Apenas cruzada la frontera de la adolescencia abandonó  su casa o su casa lo abandonó a él y se hizo un hombre pero su vida siguió siendo  un tragaluz por el que se despeñaban todas sus ilusiones. Fue entonces, cuando conoció a Carmela. Un rostro anónimo en una noche huérfana como tantas otras. Ambos rebasaban por varios palmos la barrera de los cincuenta y ni él ni ella parecían ambicionar amor. Las tribunas de su tiempo parecían estar repletas de vociferantes abucheos frente a sus  clamorosos fracasos. Se vaciaron de sus ropas sobre las baldosas frías del cuarto, se tendieron en la cama que chirrió quejosa. En la pared había una mancha de humedad que recordaba a un rostro melancólico con las cejas circunflejas y la boca caída. Él sentía sus labios, sus manos, sus piernas, sus pechos. Ella le susurraba al oído unas palabras que no llegó a comprender: “el tiempo pasa y no pueden servir de consuelo las alegrías antiguas frente a las  desgracias nuevas, es injusto y estúpido mirar atrás para renovar el dolor de viejas cicatrices”. Y  le decía, también,  que aquella felicidad lo era por que duraría poco. Los dos sabían lo que ignoraban del amor por que lo habían buscado con tenacidad sin ningún resultado. Los dos amanecieron cuando la luz descubríó los vaqueros azules sobre las braguitas de encaje negro. Mientras desayunaban, en la cafetería del hostal, ella se entretenía  en arrancar unas migajas del vientre del pan y mientras las agolpaba en una masa  ennegrecida por la yema de sus dedos, puso la bola de pan en medio de la mesa alzó los ojos y  dijo con voz ausente: “Jochiamo a creare come si fossemos Dio”. Él se sintió pesado, como un llamador de bronce, no podía moverse de la silla. Le pidió, por favor, que se alzara la camisa, y ella lo hizo sin reparos, como si lo esperase. A la altura de la ingle derecha de la mujer, una feroz cicatriz desalojaba cualquier asomo de duda. Los cristales del tragaluz volvieron a la memoria de él como añicos como si volvieran del pasado para clavarse en sus atónitos ojos.


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