Relato: La foto

LA FOTO

 La mañana cae con vocación de cristal y pájaro azul sobre las terrazas.  En la casa, Andreíta ha terminado su desayuno y fiel a las leyes del capricho, emborrona  unas cuartillas con sus lápices de arco iris. Los niños confunden fácilmente los colores y aunque hoy el cielo deba ir en sepia y la silueta de la mañana en gris oscuro, Andreíta apura las últimas ofertas del Enero de su infancia y reserva el verde para un sol lleno de ilusiones.El ruido de la cisterna pone  nerviosa a la mamá de Andreíta. El papá se ocupa de  estas cosas, su afán y su maña no tienen límites y no hay rincón en la casa que no haya, limado, embellecido, tocado con su buril de plata. Germán dice de sí mismo que tiene el espíritu de trabajo de un “borrico”, animal al que adora por encima de cualquier otro. Aunque últimamente, un excesivo e inesperado peso en sus alforjas lo tiene pegado al suelo del camino. “Apúrate hija, o vamos a llegar tarde”. La mama apremia, con el tono  y  filigrana que sólo las madres saben dar a estas demandas.“No quiero, hoy no, mejor otro día”. “No, no puede ser otro día, el señor fotógrafo nos espera hoy”. Verás que guapa sales. Germán, aún en la habitación de matrimonio, está como ausente, ajeno al ruido de la cisterna, a las premuras  de su mujer y a las negativas de la niña a retratarse. En el aire de la habitación flota un océano de dudas, sus ojos son  paisaje nocturno de otoño, la intangible rosa de sus labios,  risa marchita, y el reloj de sangre bajo su pecho, un coágulo de tiempo parado y frío, un lugar donde huele a miedo.   Al abrir el armario para coger la primera gabardina del otoñó, puede comprobar como una luz herida de septiembre detiene su eco amarillo sobre el fondo del empotrado. Es entonces, cuando la memoria da un paso tímido, como para disponerse a desmenuzar un sentimiento  que le roza la piel como un cuchillo. Germán es un oficinista con vocación de pescador para sus compañeros de oficina, un pescador con vocación de oficinista para sus amigos de pesca, una isla demasiado tranquila para el entramado de nervios de su esposa y para Andreíta, Germán  es el Rey Midas pero un Rey Midas generoso y bueno y  a Germán esto es lo único que le importa.    Salen pronto para evitar atascos. Los ojos de Andreíta asoman por la ventanilla trasera del coche. Son dos bolas incandescentes que aún arden de asombro. A su paso, la mañana toma un sesgo hacia la monotonía. La  ciudad prepara su fábrica de prisas, cristales, humos homicidas y parejas de novios que  transitan ocupados al pretexto de amarse. Pero la mirada de la niña es ajena a la poética de estas cosas que conducen a lo estéril. A través del espejo retrovisor, Andreíta, observa que en los ojos de su padre hay una tristeza que ella sólo ha podido ver en los ojos de algunos peces, cuando Germán los libera de la    mordida del anzuelo y luchan contra el aire hostil que envenena sus branquias.La carretera se afloja cuando cruzan el Puente del Acebo, atraviesan una tranquila campiña con dulces prados y un azul devorado por la luz otoñal. El sol no quiere dar aún su rayo a torcer  y las aves  trivializan el aire con sus proezas de pluma.Con la medalla de S. José entre los dientes, siempre la mordisquea cuando se siente aburrida o nerviosa, Andreíta pregunta, si habrá más niños en lo de la foto. Si tendrá que esperar mucho hasta que le llegue su turno y si dan cosas, como pequeños muñecos o cestitas, como cuando lo de la foto de la primera comunión del primo Alberto. Por un instante a Germán le pareció como si aquélla escena ya la hubiera vivido antes, como si se recuperase el  nítido episodio de las preguntas de Andreíta, tal cual, la imagen de la  escueta arquitectura de la fábrica de harinas a la derecha,  la del sendero blanquecino que se extravía hacia la despeñada… Pero todo fue en escasos segundos, probablemente,  una trampa de la memoria. Luego, de nuevo en los brazos del vacío, respondió a la pregunta que flotaba en el aire. “Claro, hija, habrá más niños y niñas, y tendrás tu regalo” Cuando Germán ponía ese tono en sus palabras, Andreíta se estremecía de cariño hacia su padre.  la mamá de Andreíta sólo los miraba, arqueaba las cejas y se despachaba con un gesto de complacencia.  A los pocos minutos llegaron a la agencia de fotografía. Un gran edificio blanco con un dintel de palabras que ponía el nombre a la empresa: “Agrupación privada  Emilio de  Nacatali” Una recepcionista con las carnes blandas y obligada a la  decencia, comprobó la citación y les indicó dónde deberían esperar. Andreíta era una niña muy locuaz y despierta, pero esta mañana el silencio y la fe ingenua invadían su frescura natural. La espera no fue larga. Otra señorita, esta vez con las carnes  prietas y con aptitudes para la indecencia, les invitó a pasar. El fotógrafo era un hombre  joven y amable como un vendedor de libros. Tenía la voz grave, y las manos muy  bien cuidadas. Mientras el señor fotógrafo y los padres de Andreíta conversaban, los ojos de la niña pusieron rumbo a explorar la habitación. La escasa luz de la estancia recortaba en penumbra una escultura de grandes dimensiones que flanqueaba una  mesa muy bien ordenada, las estanterías con muchos libros y  con letras doradas en los lomos. La atmósfera densa, las paredes, sobrias y tajantes como un juez, “Esa foto de ahí”, ¿la ha hecho usted?, Si, claro; ¿te gusta?. En la foto había dos niños abrazados,  un niño y una niña de diferente raza y se miraban  y lo hacían felices y sin reticencias.  “Si, es muy bonita”. En la habitación contigüa y después de algunas pruebas, se logró la foto definitiva, Andreíta estaba muy cansada de la  pose, la luz y de tanto aparato. El silencio la seguía invadiendo no así la fe ingenua que se había ido diluyendo en el transcurso de la mañana. El señor fotógrafo dio una caja de colores a Andreíta y  un sobre gris con una  nota en su interior a los padres de la niña. Ésta  respondió con una tenue nubecilla de palabras de agradecimiento por la cajita de colores. Y Germán, con la tristeza de pez aún el los ojos, introdujo en el bolsillo  de su gabardina   el sobre gris. La nota en su interior decía, que las pruebas eran determinantes y  que  Andreíta debería de iniciar y prolongar por un periodo de cuatro semanas sus sesiones de radioterapia. 

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