Relato: Justicia

CUENTO XX JUSTICIA 

I

-…YO SÓLO QUERIA CURARLA. Mire padre, que sí. Que no me aparto de reconocer mi culpa. No, mi culpa no, mi inconsciencia, eso sí,  o más bien mi inocencia. Debutar así en la vida con siete años… porque era un niño, recuerde padre. Y me dice que por aquello vino luego lo de madre.-

Y más le sentenciaban sus acuosos ojos que sus reproches, más acusadores y más verdugos sus silencios sólo de miradas. Siempre ha vivido obligado a contarse aquella tragedia para borrarla como se borra de un trago límpio la amarga purga. Pero reaparece como una mancha de moho que  persistiera en su empeño.

-Hace nueve años de aquella padre, y ni usted ni  yo hemos agotado nuestras lágrimas ni lo harían los llantos de mil  siglos venideros. Pero yo necesito su perdón. Un perdón completo digo,  sin reparos. Un no referirse a ciertas cosas como recayendo sobre mi cabeza la ira y el dolor de esas frases apenas pronunciadas pero que punzan mis oídos y abofetean mi rostro.

 

II

 

Tras haber recibido un fuerte golpe en la base del cráneo, la niña fue arrastrada inconsciente por su hermano de siete años hasta los sótanos de la casa donde se hallaban los secaderos de jamones y embutidos del uso familiar. Posteriormente introducida en una de las tinajas para el adobo donde, la niña murió por asfixia  – Eso escribió en sus cuartillas el Comandante de Puesto. Afuera llovía. Las hebillas  de los funcionarios pasaban por delante de la cara del niño , que había aceptado su culpa, aún sin culpa siquiera, pues ni el mismo tenía conciencia de nada aquello sobre lo que hablaba todo el mundo . El muchacho no podía apartar su mirada de aquel entrecejo adusto, a escasos centímetros del cual, una boca desdeñosa y  con voz de nicotina hacía preguntas, carraspeaba, inundaba con el humo de su cigarro aquella estrechez donde se compactaban, legajos, funcionarios, mesas, y se compactaban, sobre manera, los miedos de aquel muchacho que  se mordía el labio inferior y apresaba el nerviosismo de sus manos  bajo sus muslos aún de leche.

 -Ellos, querían que dijera, vosotros… que dijera y yo no sabía que decir. Yo padre, hablé cuanto sabía de las cosas que habían pasado y cómo me parecieron a mí, es decir a un niño de siete años, que habían pasado. Hasta lo dije con las sillas y la ropa y con los gestos y me liaron con lo de las mantequeras y los ganchos. Hice teatro para aquellos guardias bobos que no entendían nada. Y tú hablabas todo el rato con aquel hombre de los ojazos verdes saltones que no paraba de fumar. Y madre, lloraba, mientras yo decía que aquella casaca era mi hermana y que estaba, tal y como coloqué la casaca, subida a la silla; es decir a la bancada de cemento que se alzaba unos centímetros del suelo. Que yo traté de agarrarla cuando resbaló pero no atiné. Que yo la ví en el suelo como un niño de siete años puede ver a su hermana malita, sin moverse. Yo la llamaba, me asuste y lloré sobre la casaca que olía a tabaco y a sudor.¿ Me está oyendo padre? Yo no la empujé ni golpeé con la mantequera ni los gancho ni nada. Yo la ví como un niño de siete años ve a su hermana malita tendida en el suelo. Y quería curarla. Había oído a madre y a usted mismo padre, que los jamones se curaban en las tinajas. Y eso hice con mi hermana, la arrastré hasta las tinajas y la metí en una de ellas y la cubrí con sal, como hacían con los jamones ustedes mismos para curarlos. Yo como iba a  saber…Pero nunca me creyeron ni aquellos guardias bobos, ni usted ni madre. Y usted me culpa del decaimiento de su matrimonio del abandono de madre de esta casa maldecida, de la muerte de mi hermana y yo no….-

  

                                                III

 

 Noche tras noche se repiten las escenas, la casaca oliendo a tabaco y a sudor, su madre llorando, las miradas de incredulidad y desprecio, la sal pegada a su cuerpo, su cuerpo semivencido al borde de la tinaja, y el eco atenuado de su voz llamando a su hermana, inerte como una estatua de sal en el fondo. El grito de la madre, cuando sacaron a la niña de la tinaja y con su vestido favorito azul turquesa como mortaja prematura. Ninguna noche durante todos estos años, logró alejarse de la emboscada de sus recuerdos.

-Noche tras noche padre, me atormentan los recuerdos, padre. He tenido que soportar el castigo por una culpabilidad injusta, el desprecio y el abandono de mi madre y el de usted mismo, y tanto dolor me ha llenado de odio. Un sentimiento que yo desconocía de niño. Yo no odiaba a mi hermana como he tenido que escuchar tantas veces. Nunca fui consciente de estar dañando  a mi hermana. Yo quería curarla.  Hoy, sin embargo sí lo he sido, he sido consciente de todo, ahora sí reconozco, al fin mi culpa. Así,  sé que   tomé la decisión de agarrar la mantequera, de golpear su cabeza , de arrastrar su cuerpo con los ganchos hasta la tinaja de deslizarlo bien dentro de ella y sin la sal sanadora.-El muchacho permaneció inmóvil frente a los ventanales del jardín, mirando a la verja,  esperando la llegada de la justicia, un nudo le atenazaba la garganta e impedía su llanto. El fratricida inocente, estaba ahora, sin embargo,  dispuesto a confesar y reconocer su parricidio.  

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