Relato: La primera vez versión larga

LA PRIMERA VEZ(versión larga) 

Ayer, a mitad de la tarde, mientras los tímidos arroyos se conducían presintiendo su evaporación inminente y el cielo dejaba caer sus cristales de fuego sobre los campos, André cruzaba la verja del jardín hacia la casa. Traía su  maleta  color marrón, en la mano derecha.  Le habían regalado otras, pero él seguía fiel a aquella veterana  de cuero  y  hebillas plata. Todos  esperábamos su regreso con ansia, pero más que nadie, la anciana. Su André, decía ella, “tenía el brillo de los ángeles en el  rostro”. En su última crisis, la vieja había perdido el habla, lo que unido a una sordera a  causa de la edad, la dejaba en una situación de aislamiento bastante dura. André era para ella como un bálsamo.  Había aprendido a leer en sus ojos, en sus labios. Siempre la traía las noticias, no tal cual ocurrían, sino a la carta. Así, las cosas, las  que tenían lugar fuera y dentro de la imaginación, alcanzaban un punto de encuentro en sus relatos. A la anciana le entretenían los chismes  servidos y aliñados a la manera de André. Este  era uno de los pocos alicientes que la vieja encontraba para seguir viva entre las paredes de la soledad:  la discusión de aquellas señoras  por la minucia de unas  hojaldrinas en una pastelería de Palermo, o el desastre de los toboganes  junto a la plaza de Los Cisnes, en Copenhague…  En fin, que en el mundo de André  siempre ocurrían cosas, y si no, él  las inventaba, y unas y otras servían por igual, a la justa causa de entretener a la vieja.  Paulina lo censuraba, lo ponía de exagerado y de inventor de “chismes”;- que mira que contar aquellas mentiras a madre-. Yo, sin embargo, lo consideraba un acto de misericordia cristiana y así alcanzábamos a verlo casi todos, incluido Don Arcadio, el  cura, quien decía al respecto que: “un engaño que alienta una vida es una fuente de alivio”. Hubo ráfagas de humor durante la cena, miradas en busca de complicidad estrelladas en vacíos, silencios sin preguntas, y algunas anécdotas que encontraron su sitio entre la marejada de manos, y platos y vino de Borgoña. Con André no podía ser de otra forma. Como en todo hombre que huye de la vida como André lo hace , hay un desfiladero de ironías y sarcasmos por el que uno se despeña sin leyes, sin reparos hacia las sirenas que lo invocan. André es especialista en desnudarse y desnudar a otros, en desollarse y desollar a otros. El ritual de coleópteros que acudían al reclamo de las luz nos incomodaba a todos pero especialmente a Paulina. Así transcurrió la cena. Paulina hizo acopio de paciencia para resistir los tres platos y el postre, a causa de los coleópteros pero sobre todo a causa de Andre. El y la tía  nunca han estado el uno para el otro. Los juicios que a menudo emitía André  demudaban su rostro, su inapelable forma de dictaminar, su desdén hacia las susceptibilidades de Paulina…a mi parecer, mi hermano le traía a la frente el recuerdo de su difunto. Tras la cena, la noche crujía a nuestras espaldas y una luna completa de luz, nos invitaba a alargarnos en conversaciones bajo los tilos de nuestro aburguesado jardín. Paulina fue la primera en dar las buenas noches y luego los demás fuimos desocupando  nuestro lugar en la mesa. La anciana miró a André, sus ojos eran dos canicas encendidas,  el brillo de sus córneas contrastaba con la sombra de su frente. André giró la silla hacia ella, la tomó de la mano, ahora con un ligero temblor y fría, y habló en voz baja y ella leía en sus labios, en sus ojos. -Noviembre, madre, noviembre era el mes y esta historia que te traigo tiene el color de este mes enigmático. La presencia de farolas , la lluvia, el frío entre los dientes invitaba al humo y a la niebla tras  los cristales de bares y cafés. Los barrenderos del invierno recorrían las calles abstraídos, olvidados. El joven, bajó del taxi, despacio,  entre las hojas removidas, caminaba hacia su primera vez, como un párbulo hacia el brillo del sagrado cáliz repleto de formas blancas. Abrió la puerta y atravesó el pasillo con los zapatos mojados de una lluvia gris y las manos duras en los bolsillos de su gabán. Antes pasó por los baños. Hizo acopio de todo el coraje del que era capaz. Se aconsejó calma y humedeció la nuca. Pasó a la habitación donde ella ya esperaba tendida. Sus ojos de humo miraban al infinito, nada más verla, pensó en Notre-Dame, y en aquellas muchachas que se asomaban al balcón de la tarde, para colocarse el sol en las mejillas. La chica era rubia como ellas, y de una edad similar. Descendió sus manos sobre la frente de la muchacha, entrelazó sus dedos a sus cabellos agolpados en juventud intensa. Examinó, se estremeció, no podía decidir qué buscaba exactamente. Pensó en la noche en que bajaron hasta la playa, la noche en que sumergieron sus cuerpos bajo la espuma hasta abrirse la mañana. La noche que pudo ser y no fue la  primera vez. Pero aquello, poco tenía que ver con esto, y sin embargo, como aquella noche, temblaba, y la hermosura de la muchacha, bruscamente lo desplazó  hacia la pena. Con los suyos, dibujó  los dedos pálidos de la joven, y en esa calle de arcenes duros donde cruzar de una sangre a otra sangre se convierte en una travesía imposible, se entretuvo, silencioso, sin música, como esperando junto a un sepulcro que anuncia un suceso. Dibujó  una y otra vez la curva limpia de su frente, la correcta línea de sus pómulos, la rozadura sonrosada a la altura de las ingles, la dureza extravagante de sus nalgas y sus pechos, el enigma de sus labios. Ella dejó que él abriera su frente, ningún hombre antes supo como abrir sus pensamientos, cómo entrarse en ella. Los intentos sucesivos se habían estrellado contra  encajes de seda negros. Él abrió su pecho de par en par, como aquel balcón en que las  muchachas de Notredame entregaban al viento sus mejillas. Un pecho dolorido y sombrío que albergaba unos zapatitos de primera comunión, una nariz de payaso, y un mapa que marcaba el camino hacia una equis cruzada sobre la palabra amor. Hundió sus manos en su vientre, como dos palomas que se adentran en un pensamiento oscuro, como un pianista que devora con sus dedos el blanco y el negro de una triste partitura. El reloj de sus muñecas marcaba la hora de un día del mes de noviembre, y el reloj latía como un corazón de cuarzo junto a la flor pisoteada de sus entrañas  y la almohada bajo la  nuca de ella se volvió pastosa y oscura y la respiración de él se aceleró en un aliento de moho que presentía un vómito mezclado con lágrimas. Él llevó sus labios a la quemadura de sus dedos, y volviendo  al portal abierto de su pecho, tomo su corazón, como nadie antes lo tomara. Lo elevó hacia la luz, examinó cada pasillo de sangre, cada latido extinguido, cada turbio paisaje. Había dolor, ni odio ni resentimiento. Con su pañuelo borró algunas interrogantes en el sudor de su frente, llevó luego sus manos a la sonrosada rozadura de las ingles de ella   donde tantas veces   se estremeciera. Con una caricia cerró su vientre, depositó con dulcísima paciencia su corazón  y clausuró las puertas de su pecho.Unos zapatitos de primera comunión, una nariz de payaso y un mapa con una equis cruzada sobre la palabra amor. Por último corrió la cremallera de su frente, cruzó la sombría orbita de sus pupilas y se quedó mirando como quien mira a quien ama. Tomó un libro de formularios con  pastas duras para dejar las anotaciones oportunas, ciñéndose al protocolo. Al pie de la hoja escribió, la fecha, la hora de un día de un  mes de noviembre .Pensó que noviembre es un mes enigmático y pensó, de nuevo,   en aquéllas jóvenes francesas que colocaban sus mejillas al sol. Finalmente, con un trazo suelto de su estilográfica, firmó la conclusión del primer informe de su primera autopsia como joven médico forense. André recibió con agrado el pellizco que su madre  le dio en el brazo, su mejor gesto de aprobación posible. La anciana demandó, luego, un beso llevándose el dedo índice a la mejilla derecha. Caminaron despacio, madre e hijo,  hacia la quietud de la casa. La noche crujía a sus espaldas y una luna completa de luz entibiaba la palidez de sus rostros.  

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