Relato: La primera vez(versión corta)

LA PRIMERA VEZ(versión  breve) El joven, bajó del taxi, despacio,  entre las hojas removidas, caminaba hacia su primera vez. Abrió la puerta y atravesó el pasillo con los zapatos mojados. Una lluvia gris tras las ventanas y las manos duras en los  bolsillos. Antes pasó por los baños. Hizo acopio de todo el coraje del que era capaz. Se aconsejó calma y humedeció la nuca. Pasó a la habitación donde ella lo  esperaba tendida. Sus ojos de humo miraban al infinito, nada más verla, pensó en Notre-Dame, y en aquellas muchachas que se asomaban al balcón de la tarde para colocarse el sol en las mejillas. La chica era rubia como ellas, y de una edad similar. Descendió sus manos sobre la frente de la muchacha, entrelazó sus dedos a sus cabellos agolpados en juventud intensa. Examinó, se estremeció, no podía decidir qué buscaba exactamente. Con los suyos, dibujó  los dedos pálidos de la joven, y en esa calle de arcenes duros donde cruzar de una sangre a otra sangre se convierte en una travesía imposible, se entretuvo, como esperando junto a un sepulcro que anuncia un suceso. Dibujó  una y otra vez la curva limpia de su frente, la correcta línea de sus pómulos, la rozadura sonrosada a la altura de las ingles, la dureza extravagante de sus nalgas y sus pechos, el enigma de sus labios. Ella dejó que él abriera su frente, como ningún hombre antes lo había hecho. Entró en ella. Intentos sucesivos se habían estrellado contra  sus encajes de seda negros. Él supo abrir  su pecho de par en par, dentro halló unos zapatitos de charol y la sonrisa triste de un arlequín de nicotina y sueño. Llevó, luego, sus labios a la rozadura de sus dedos, tomó su corazón, lo elevó hacia luz, examinó cada pasillo de sangre, cada latido extinguido, cada turbio paisaje. Buscaron, de nuevo sus manos, la sonrosada rozadura de las ingles donde tantas veces ella se estremeciera. Ya con el pulso firme, cerró su pubis, su vientre, depositó con dulcísima paciencia su corazón  y clausuró las puertas de su pecho. Por último corrió la cremallera de su frente, cruzó la sombría orbita de sus pupilas y se quedó mirando como quien mira a quien ama. En un libro de formularios con  pastas duras, dejó unas anotaciones. Al pie, la fecha, la hora… Con un trazo suelto de su estilográfica, el joven firmó el informe de su primera autopsia oficial como  médico forense.


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