Relato: La suerte del guardavías

LA SUERTE DEL GUARDAVÍAS 

El revisor llega, nos pica el billete y uno sabe que cuando se apee del tren el billete habrá quedado invalidado. Algo así debía pensar el guardavías cuando estrechaba en los brazos a la Tomasita, mientras la música sonaba y ellos, El Guardavías y La Tomasita florecían en medio del baile. Los ojos de él eran un manantial de brillos y los de ella se entretenían aquí y allá como si con ella no fuera la cosa. Él procuraba un termino medio entre la presa de garra  y el que se le escurriera entre los brazos y escapara. Aquella pieza de baile había que amarrarla bien y sacarle toda la renta posible. A este propósito la mano de él, entre el peinado de trenzas y la sudorosa espalda de la moza, conducía el desarrollo de la danza  a la vez que aseguraba la imposibilidad de una huida repentina. Todas estas precauciones no estaban de más pues bien sabía El Guardavías que la Tomasita tenía puestos los ojos en otro mozo, o mejor, en el otro mozo, pues el pueblo era pequeño y no quedaban sino los más viejos y  algunos niños por un lado y el Gerardo  Chivo  y el Guardavías por otro y por toda representación de la  mocería masculina del municipio. La Tomasita era la única moza a quien las ofertas de trabajo, la calidad de vida de las ciudades, la búsqueda de amoríos más lejanos de las consaguinidades de primos y hasta de hermanos las cuales  habían dejado más de una  huella en rostro y mente de algún malnacido, con perdón…como decía, La Tomasita  no había sucumbido a la deserción y en consecuencia  era La única moza que quedaba en todo el pueblo. Y como las forasteras que sólo acudían en fechas festivas y contadas, muy a su pesar de ellos,  no contaban para el guardavías ni para El Gerardo, ambos se disputaban los amores de la chica y en buena lid ella se sentía halagada y más completa que una reina. La moza era poca cosa, rechoncha, mofletuda y no había que fijarse mucho para apreciar que miraba al bies, y los dientes que decimos paletas delanteras, aún siendo ella gran amante de la carne,  bien la hubieran hecho pasar por herbívora. Pero ninguno de los dos mozos reparaba en tales detalles y nunca dejaban que se secaran los manantiales de piropos y agasajos que colmaban a la Tomasita de un gran  contento. Pero entre tanta dulcería y tanta teja, la moza parecía ir decantándose por el Gerardo. Pues tenía mejor porte para el baile y mejor brazo para el gario ya que el guardavías con sus orejas de soplillo, su cicatriz perfecta cortando en dos su frente y su aspecto enclenque y enfermizo, parecían razones de peso para conducir  la elección de la moza hacia el otro contendiente. Y es que la Tomasita carecía no sólo de belleza física, también de seso y cualquier asomo de inteligencia y eso la impedía ver que El Guardavías era hombre más agudo y capaz en el pensar que el otro. Leía y  tenía ingenio para componer cancioncillas y versos. Hacía requiebros con la voz y  entonaba con bastante decoro y todas estas cosas le hacían gracia a la moza, pero no esa gracia de la que te arrima a la fuente de la que emana, sino de esa otra que te hace recular y te aleja . Así, se desbarataba cada uno de los intentos del pobre guardavías por conseguir las atenciones de La

Tomasita y a solas, tras los cristales de la estación- apeadero  intentaba desleír en el vaho de sus palabras solitarias este terrón de azúcar amargo que se compactaba en su  garganta. Y es que el Gerardo era un hombretón y muy guapo y había conseguido una buena hacienda. Si seguía soltero por haber ido rechazando ojillos y palabrillas y alguna que otra insinuación con los ojos entornados y el escote abierto de par en par de las mozas del pueblo, cuando había mozas. Si se había quedado en el pueblo es porque para un hombre un hombre analfabeto y de cortas entendederas como él cualquier otro sitio le hubiera venido grande. Cierto es que La Tomasita no era la mujer que hubiera soñado como esposa para él ni como  madre para sus hijos, pero las cosas estaban así y además la guerra abierta con su conciudadano El guardavías, había despertado su interés y empeño en desposar a la Tomasita.

Los casorios tuvieron lugar en breve y fue tal berrinche que le cogió al pobre de El guardavías que dicen que apilaba latas usadas y otras cosas extrañas durante varias semanas posteriores al enlace. Todo hacía pensar que daría en loco o algo peor y de vez en cuando algún paisano del pueblo le iba a echar una ojeada por si ocurría cualquier desgracia. Pero una tarde cuando parecía inevitable hundir la cabeza en el espanto, tomó uno de esos trenes que pasaba por delante de su apeadero y fue a perderse en una de esas ciudades donde todo es ajeno y más las propias penas y que pasó noches al raso y hasta recibió una o varias palizas. Y que de no ser por una de las barandillas de la plaza hubiera caído más de seis metros y probablemente no hubiera sobrevivido al golpe. Poco a poco fue familiarizándose con las galerías del metropolitano, a cumplir con los horarios de las tiendas, a echar los cerrojos del sueño haciéndose acompañar de otras criaturas de la noche, a mirar por los cuatro costados y a envidiar a los gatos de los callejones. Se fue acostumbrando a los empujones de los porteros, a las frenadas de los coches, a las puertas correderas automáticas que separaban el calor del frío. A pesar de todos estos contratiempos el guardavías enarbolaba un gesto de orgullo en su frente dividida en dos por una cicatriz perfecta, y Chopin aún sonaba en su interior como un preludio lento de tiempos mejores. Y esos tiempos llegaron cuando le dieron empleo en “El guante de Galileo”, una guantería secular que había pasado de padres a hijos, hasta Nicanor su actual regente. Pronto se apercibieron en la tienda de la valía y condiciones del nuevo empleado que en pocos meses pasó de apilar cajas, limpiar  máquinas,  suelos y hacer recados de poca monta a Jefe de Patronista y Marroquinería. Adecentó su aspecto  hasta donde su nueva sastrería y afeites le permitieron. Conoció a una mujer todavía joven y hermosa, a ella no le importó su aspecto enclenque ni la cicatriz perfecta que dividía su frente ni sus orejas de soplillo que le parecían dos centinelas atentos al mundo. Su voz débil pero correcta y sus ojillos de criatura melancólica se habían hincado en el  pecho de la muchacha que lo había tomado como un regalo de inteligencia y sobre todo bondad y él se dejaba liberar con facilidad de aquel envoltorio verde que lo cubría de esperanza.

En una cena de cierta gala, cierta noche en el France-Soir, El Guardavías se felicitaba por haber encontrado una mujer  que había sabido  mirar dentro de él. Un caballero congregado a la misma  mesa, interrumpió con aire socarrón,  no sin antes halagar, eso sí con evidente envidia, la hermosura y juventud de la esposa del El guardavías: -Siendo usted feo y pobre se ha llevado una mujer tan hermosa y joven con la que nos hace el honor de acompañar esta mesa, qué no hubiera usted conseguido siendo un hombre guapo y con dinero… El Guardavías, templó gaitas y  quedó mirando el pelo

colorado artificial  de la esposa del caballero de impertinente curiosidad y dejando caer la palma de  su mano sobre el dorso de la de su esposa, respondió con  voz débil pero correcta: pues mire usted, caballero, habiendo sido un hombre guapo y con dinero le puedo asegurar, sin ningún género de duda, que  hubiera conseguido una esposa rechoncha, mofletuda y bizca. Para  más señas le diré, de nombre, Tomasita.


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