Relato: Las tribulaciones de la señora marquesa

Cuento VIII  LAS TRIBULACIONES DE LA SEÑORA MARQUESA 

Venía de comprobar que el pedido de harina se había resuelto conforme a lo acordado.

         250 sacos a un real por unidad hacen un total de…-Si, pero, aquí se han de descontar las pérdidas de los fardos rotos en el traslado, por que esa harina no irá ni al pan ni a la panza.

-Claro está señora marquesa. Y  aprovecho para recordarla que es tiempo de que se apañen “una miaja” los  caminos. Tras las lluvias, el azote del calor, son tantos los baches y las quiebras que  no hay carro que no tumbe ni carretero que no jure y perjure por los muchos trabajos que a mayores y de balde tiene que añadir a los que de suyo comporta el manejo del carro y las bestias.-

A la señora marquesa le gustaba llevar el control y la administración de la hacienda; el control y la administración de los criados, las criadas, de sus hijas, de sus vidas y hasta el de la lluvia y el florecimiento de los campos llevaría si esto le fuera posible. 

La tarde avanzaba como un acorazado gris sobre el patio de los robles. Un inexacto número de hojas secas en el, por otro lado,  exacto y puntual otoño, se desparramaba  en los senderos flanqueados por la verja de los jardines. Entre la hojarasca, se abrían camino los pasos iguales y acompasados del capellán, amigo consejero, confesor y gorrón honorario de la familia.  Ya en las dependencias de la casa, el rostro del capellán  se reflejaba en los cristales de la vitrina, sus ojos grandes y redondos se metían y confundían entre las tazas para el té  de  la señora marquesa.

-…Desde luego, que hay que limpiar las mentes. Pero a base de bien. La bestia del sexo nos invade y ha  de ser aniquilada. No podemos consentir que la estirpe humana se doblegue ante su tirana autoridad, de ninguna de las maneras. Oigo la distante llamada de nuestro Señor, hemos de acudir en  salvaguarda de esta Santa Cruzada. Y empezaremos por esta casa señora. Yo se de su decencia y de su acendrada moral, pero han llegado a mis oídos, conductas muy reprobables y muy poco cristianas acerca su servidumbre , y que Dios  me perdone pues me duele en el alma tener referirme a este asunto, acerca  de sus propias hijas.

-¿Mis  hijas, pero bien sabe usted que Patrocinio y Sol están en el noviciado, en el convento de “Los Mártires Corazones”. –Lo sé, pero los tentáculos de la bestia no saben de muros  ni respetan  lugares y llevan su lujuria a las almas más cándidas e indefensas. La marquesa se redujo a un continuo lamento durante unos instantes e hizo varias Señales de la Cruz, finalmente  endureció el gesto y  resolvió con un inapelable tono apocalíptico que de allí en adelante obraría como una afiliada incondicional a la Santa Cruzada que la comprometía con el capellán. Después de dar vueltas y más vueltas al modo en que debían proceder, determinaron celebrar una reunión donde todos, servidumbre, criados del campo, guarderos, toda persona, por una u otra razón afecta a la casa y la familia, habría de comparecer ante la señora marquesa y Don

Teodomiro, el capellán de la familia de toda la vida. De allí deberían salir las íntimas y perversas inclinaciones de cada uno, lavar así la culpa con la vergüenza pública. –En la picota, repetía una y otra vez el capellán, en la picota, que se muestren en la picota y que la vergüenza de unos y de otros sirva de escarnio y motivo de arrepentimiento. La propia marquesa se encargó de que todos supieran por su boca de la reunión que tendría lugar, de su importancia, de la necesidad de que todos asistieran, aunque se cuidó de no desvelar el motivo de tanta urgencia. Fue conducida en su carro de caballos a las casas de sus jornaleros, se apeó en los campos para hablar con guardeses y guardesas, bajó a las cocinas y entre el estrépito de los platos, los aromas del laurel, las fragancias de las salsas hizo su abrumadora revelación de reunirlos a todos, en la sala azul. Las calderas resollaban, los fritos se retorcían, de las despensas emergía la caza exquisita del marquesado, pero todo se paralizó por unos instantes, cuando la marquesa, incendiada de oro y encajes y con gran ceremonia en el gesto, llenó de confusión y perplejidad a sus absortos interlocutores. Como es normal en estos casos, las especulaciones siguieron tejiendo y tejiendo  y siguió creciendo la madeja de la incertidumbre : -Eso es que la marquesa ha sufrido alguna mala ruina, nos va a despedir a todos- Puede ser que la haya desaparecido alguna joya de valor y quiere que el culpable confiese, su crimen- Esto es  cosa de los rebeldes de conciencia  libertinos, que nos van a quemar los santos y arrasar  casas e iglesias, pues  si no  por qué la vela en este entierro a   Don Teodomiro . Las hijas de la señora marquesa, asintieron con obediencia y no especularon, sus devociones y sus rezos las mantenían muy ocupadas para andarse en averiguaciones.

Llegó por fin el día, la marquesa ordenó descorrer las cortinas de la sala azul y abrir las ventanas. El mar traía un viento errante y como un aliento pavoroso que se unió al silencio que inundaba la sala. El capellán templó su vozarrón de púlpito con dos carraspeos y se dirigió en general, a los congregados, pero también en particular a varios de ellos. Nadie se atrevió a negar sus pecados, trémulos y adheridos a sus culpas bajaron las cabezas. El capellán se dirigió muy inquisitivamente a las hijas de la marquesa. Las censuraba que en su condición de futuras aliadas de nuestro Señor debían de ser ejemplo. Que toda mujer debía ser guardiana de su honra hasta que Dios bendijese su entrega al que sería su esposo. Que el pecado que ambas habían cometido era una vergüenza ante los ojos de Dios, de su madre, la señora marquesa, y del resto de los hombres. Que si es pecado mortal entregarse a un hombre, entregarse como ellas hicieron a la carne de otras mujeres que como ellas cristianas y religiosas, habían tomado los votos preceptivos para el ingreso en el convento, no tenía perdón de Dios.  Aunque Éste en su infinita misericordia y con el debido arrepentimiento y penitencias…bueno a esto siguió  todo el séquito de consideraciones que conyeva un sermón de púlpito de índole inculpatoria pero con las puertas abiertas al perdón.    Que por esa razón y con la anuencia de su madre intercedería para que no fuesen expulsadas del convento como sin duda les ocurriría a todas aquellas que tuvieron parte en tan inefable hecho. Que debían de estarle agradecida a su madre y la infinita benevolencia del Que Todo Lo Ve. Entre los congregados, y a pesar de lo inquisitivo de la situación hubo quien tuvo que sujetar la risa, apretar los dientes, para no reventar en una carcajada. El capellán preguntó si entre los asistentes, había alguno limpio, o sabía de alguien que lo fuera, si una ventana abierta era posible entre tanto hedor y corrupción de almas. Todos miraron a Bartolomé, el enano. Bartolomé fue abandonado por su madre, lo encontraron unos guardeses cuando tenía apenas unos días y lo llevaron a casa de la marquesa, la cual no dudo en adoptarlo, no como hijo, sino en caridad cristiana, decía ella, como sirviente. Se ocupaba también del cementerio y llevaba prestando sus servicios a la casa, tantos años cuantos él contaba. Su altura era de unos diez palmos, era feo, rotundamente feo. Su frente, hundida en su ecuador ocupaba un tercio de su total anatomía. Una nariz ridícula con forma de pico de águila se superponía a unos casi inapreciables labios  finos y pequeños por los que se adelgazaban las palabras en un tono de voz atiplado y estridente. Sus brazos y sus piernas eran cortos, lo eran más si cabe, en relación a su general ya escasa complexión. Las manos parecían nacerle de los hombros y los dedos de los pies de las ingles. Era tal la falta de gracias de Bartolomé que no había habido hombre ni mujer capaz de haber tenido relación sexual alguna con él. Podía decirse que Bartolomé era el único limpio a los ojos de Dios y a los del capellán y la señora marquesa. Todos lo felicitaban y el se sentía maravillado, dos cocineras lo elevaron en hombros para celebrar su heroica santidad. Pero al alzarlo en volandas sus pantalones se engancharon en algún artilugio de las dos mujeres y San Bartolomé quedó en cueros. Entonces todos pudieron ver que de las inglés del enano no solo nacían sus incipientes piernecitas. Algo desproporcionadamente grande para su tamaño surgió de pronto ante la vista de todos, aquello viraba a estribor como por costumbre de un mal hábito y cimbreaba en el aire y en un orden esencial de cosas aquella tomaba especial notoriedad ante el asombro de todos. Pero la boca del asombro no había de cerrarse aún, por que de pronto la perrita de la marquesa que en ese momento se hallaba indolente y en duermevela sobre su aristocrático regazo, dio un salto. Como catapultada por un impuso ciego, corrió hacia donde estaba el enano. La perrita era un torbellino de jadeos y ladridos y miraba y saltaba hacia aquel don secreto de Bartolomé como si el mismo Paulov la hubiera adiestrado en la respuesta a la campanita. La perrita simplemente mostraba la familiaridad consecuencia de una costumbre quien sabe si de un adiestramiento con engaño y premeditación o con la anuencia de las partes. Todos comprendieron que habían procedido con cierta precipitación a la santificación del enano. El capellán y la marquesa se miraron indefensos ante los hechos con las facultades de la argumentación mermadas y con el aliento al límite de la extinción. La señora marquesa sufrió un desvanecimiento. Al día siguiente, entre los asistentes a la reunión latía un cierto desasosiego. Pues, aunque se hacían cargo de  la estupefacción de la marquesa. En un  orden esencial de prioridades, no entendían, sin embargo, que  le afectara tanto la respuesta de su perrita ante  el estímulo  incondicionado e inconmesurable del enano y sin embargo asumiera con tanta entereza y dignidad la  conducta lésbica de sus hijas Patrocinio y Sol con otras depravadas en las celdas del “Convento de los Mártires Corazones”. Nada, nada la hizo sucumbir. Nada, excepto el arranque instintivo que su perrita tuvo hacia la entrepierna descomunal del  enano. Tanto  fue así que la marquesa ordenó y dispuso el destierro para el enano y sus atributos a tierras lejanas y “castigaré muy severamente”, dijo,  a la perrita. Interrumpiendo un par de noches su postre  de huevo y leche batidos. Nadie lograba comprender tan desproporcionada reacción por parte de la marquesa hacia el pobre Bartolomé. Nadie, excepto el propio Bartolomé que rumiaba a la sombra de un tallo su desgracia. Él sí alcanzaba a discernir  que el único mal de la  marquesa era que ésta había sufrido un simple, pero feroz ataque de celos. 


Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: