Relato: Niebla

NIEBLA      Al caer la tarde, la no visible mano de un dios                                              te borra como ala de pájaro caído hacia                                             qué densa niebla más allá de la niebla.                                                  Disuelto estás, al fin, en tu propia mirada.José Ángel Valente 

CADA UNO TENÍA SU FECHA Y SU FICHA. Cada uno filtraba o no al departamento de al lado donde se les informaba de la política de la empresa del desempeño de su actividad laboral, de las responsabilidades que asumiría a la firma del contrato, del salario, de las precauciones y cautelas que debían aconsejar el buen juicio ante de sumarse a la llamada de una revuelta  sindicalista…Pero esto sería,  no sin antes recibir la aprobación  de mi departamento, es decir,  mi visto bueno. “Departamento de selección y contratación laboral”; así rezaba en la chapa  sobre el vitral translucido de la puerta de mi despacho. Con el paso de los años me había ido convertido en algo así como un  nazi de corte legal. Ahora comprendo por qué mis tesis con el paso del tiempo se habían ido aproximando a las de Jiménez Lastras, un hijo de puta con el cuello almidonado y que sabía muy bien como anudar los lazos al “ego” de sus amistades más influyentes. Y también a las gargantas de sus más influyentes enemistades.  Aún recuerdo en el frío de la montaña, la noche en que me expuso su teoría sobre el mundo. La metáfora del camión y las jaulas o aquélla historia sobre el loco danés y las ratas… Pero por algo  habíamos decidido pasar con nuestras familias el fin de semana juntos en un lujoso hotel del Pirineo. Tal vez no éramos tan diferentes. No sé determinar qué hambre me llevó a nutrir así mi crueldad. Qué ingreso devorador en mi alma. Mi mano izquierda empezó a convertirse en la de un tirano que acaricia las orejitas de su gato mientras que con el pulgar de la otra, decidía quien han de morir o vivir en aquél circo. Las anotaciones en mis fichas eran muy elocuentes. Solía usar iniciales para no quedar en evidencia o poner en riesgo mi puesto laboral en el caso de que alguien pudiera llegar a manos de alguien que denunciara el abuso. Así a los hombres y las mujeres gordas que solicitaban según que puestos, las calificaba o mejor, descalificaba con las iniciales V.C, vaca carnívora; a los feos y a las feas “candelitas”, los tartamudos y tartamudas “amadeillos” en honor a una tal Candela y un tal Amadeo, peculiarmente fea la una y singularmente tartamudo el otro.  A las personas miopes con dos oes unidas por un acento circunflejo(O^O) a modo de gafas, que reflejaba en mi dossier a un tamaño  proporcional a las diotrías de los aspirantes. Y así un rosario de burdas asociaciones  de las que sin embargo alardeaba en estúpidos compadreos con Jiménez Lastras. Nos justificábamos diciendo que a la larga,  les hacíamos un favor, que con el tiempo sus taras pondrían de manifiesto su falta de aptitud para el puesto. Sin pensar que los locos y los chiflados éramos quizás nosotros. Pero las chifladuras y  las locuras a veces se cortan de golpe por algún acontecimiento que nos sorprende y nos alerta sobre algo que no sabíamos y que deberíamos saber…

El recorte del periódico del día siguiente, que aún conservo, era muy explicito. “La niebla paralizó, anoche, a todo Londres”. 

Había trabajado en mi despacho de Sloane Square  toda la tarde valiéndome de una inercia compulsivamente inspirada. Eran ya casi las ocho y la noche se había se cerrado en una niebla espesa que iba engulléndolo todo:  primero el cobre de los cables de la luz, el hierro de los bancos y farolas, el bronce de la escultura de  Los Burgueses de Calais en los jardines. La torre de la Victoria y hasta  el agua del Támesis.

 Resultaba imposible conducir, apenas se podían orientar los pasos. Anduve a tientas unos metros, la silueta de las farolas emergían de repente a escasos centímetros del choque. Las luces de las calles no hacían sino  difuminar el velo denso sobre  la sospecha de una calle, un banco, una esquina. No se oía coche ninguno ni había servicio de taxi. Sólo alertaban de un viandante próximo sus erráticos pasos. Me perdí. Jamás había sentido una sensación de impotencia tan grande, casi miedo. Hacía frío, caminaba encorvado con la cabeza hundida en el cuello alzado de mi abrigo. De pronto noté que alguien me agarraba el hombro izquierdo. Un hombre corpulento, o quizás así me lo pareció por efecto de la niebla. Me preguntó el nombre de mi domicilio, el tono de su voz era reconfortante.  Se lo dije, confiado, sin reticencias. Ni siquiera la semioscuridad espesa de la niebla podía borrar los ojos de aquel hombre, brillaban como dos bolas incandescentes que me miraban fijamente. Aún con su mano agarrando mi brazo, pero ahora a la altura del codo, comenzó a caminar con una seguridad que me infundía tanta confianza como icertidumbre. Recordé entonces un cuadro que había en la cabecera de mi cama cuando de pequeño vivía con los abuelos. En el cuadro había representado un ángel que tomaba un niño y una niña, hermanos conforme a las explicaciones que me diera mi abuela, de la mano. Los niños estaban intentando cruzar un río cuyas aguas venían en crecida, también conforme a las explicaciones de mi abuela, pues la representación no parecía lograr el efecto de amenaza deseado. Y un ángel, El Ángel de su Guarda, también conforme a las explicaciones de mi abuela,  estaba guiando sus pasos sobre las resbaladizas piedras para que no cayeran al río. Así me sentía, como llevado por mi Ángel de la Guarda. Nuestros pasos marcaban una melodía en medio de las frías y desiertas calles, resonando tercamente en el silencio. Iba a preguntarle algo, no recuerdo bien el qué, pero la fatiga por el ritmo impuesto y el temor a no ser oportuno me obligaron al silencio. Mi inseguridad y mi torpeza contrastaba con la resuelta determinación con que aquel hombre esquivaba obstáculos, derivaba sin vacilar hacia calles y bocacalles que yo solo diferenciaba por el eco de nuestros pasos. Mi credulidad en él me horrorizaba. Ni siquiera de pequeño recordaba haber dependido hasta tal punto de la mano de alguien. Por fin pude reconocer las lucecitas  amarillas de los faroles del restaurante que hay en mi calle. Mi Ángel de la guarda soltó mi brazo y desapareció,  sonó el ladrido fuerte de un perro callejero que se mezclaba con la bruma morada que salía de Caletti, un club nocturno. Así fue como un doble OO absoluto, conforme a mi despiadado código; es decir, un hombre ciego, me condujo hasta mi casa.     

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: