Relato: Pieza de Puzzle

Cuento XIV  PIEZA DE PUZZLE 

¡Tenías que hacerlo¡. Nunca fuiste de las que reculan ni miran a su alrededor para sopesar el alcance de sus seísmos. Arrastrabas los pies al caminar como las niñas que así centran la atención de los mayores, alerta entre tanto, con la mirada furtiva en los que se consagraban a tu cariño. Pero todas tus rarezas no hacían sino redoblar mi amor por ti. Todos me lo decían, que veía por tus ojos.  En el rudo resoplido de tu boca yo hallaba el perfume que mi amor traducía con devoción incondicional. Sufrí amargamente los desapacibles fríos de tus repentinos inviernos. Largamente lloré cuando mis tentativas de caricia se veían rechazadas por tu inclemencia, pero con todo, te amaba. Por que oscuridad y claridad vienen juntas y se justifican . Por que en ti encontré  el pulmón común en el que respirar mi cuota de aire.¡Pero tenías que hacerlo¡. No te bastaba con la amenaza en la garganta seguida de sollozos. Siempre tuve, al despertar, la sensación de estar desplomado junto a un cadáver en una cama de piedra, en un dormitorio  o panteón de sueños. A veces cuando te levantabas entre la noche, sin que tomaras conciencia de ello, seguía con atención tus pasos que se adelgazaban en el mullido de la alfombra hacia la ventana, allí emergías con la intensidad de una bestia inocente, allí permanecías atenta a  la arremetida del agua contra la penumbra verde de las rocas  y cada fibra de tu ser bajo el raso de tu camisón me hacía sentir frágil y ambiguo y a veces me abrasaba en una solitaria satisfacción que siempre terminaba en llanto.  No te bastaba con aullar tu pena a la luna, el giro bronco de tu cuello de loba  había siempre de encontrarse en la trayectoria de mi brazo y  dejar allí su dentellada. Y finalmente tuviste que hacerlo. Ahora un médico forense examina tu cuerpo recién rescatado de las aguas,  en tus lívidas mejillas hay el verde de las algas y en tu camisón de raso  restos de lodo. La curiosidad ha escupido de la monotonía de sus hogares a varios vecinos que se congregan en corrillos y murmuran, miran, señalan…En tu cuello brilla el collar que te regalé cuando nos casamos. Ese día estabas demasiado enojada con un asunto entre tu vestido y la costurera para agradecer el detalle de mi esfuerzo, mi ahorro y sobre todo de mi amor. Pero lo llevas puesto y eso cuenta después de tanto tiempo. Custodiabas, apretada en la mano, la última pieza de un puzzle, ese a cuya terminación, una más de tus amenazas,  aplazabas la decisión  de abandonarme, es una hermosa pieza: la mitad de un mirlo y un rosal. Me estremezco cuando tus brazos se aflojan sobre la roca al rodearte con los míos, aún tienes los ojos abiertos aunque su mirada sin destino muere en el origen de sus cuencas. No me atrevo a cerrarlos. No es el momento de reprocharnos nada, ni de desandar  antiguos caminos, ni de  extraviarnos en un nuevo laberinto de vagas revelaciones acerca de nuestras debilidades. Durante algunos minutos mi cerebro halla  grandes dificultades para cerrar el circuito de sus pensamientos, no puede franquear el sólido obstáculo de una realidad tan cruel. Pero fue de pronto y  en un corto intervalo cuando me sentí bajar por tus brazos, como licuado, descender  por un pozo oscuro y al fondo  agujas de ciprés aguardando mi llegada. Noté mi cuerpo enrollarse en el tuyo, mis cuerdas vocales enmarañarse con tus cuerdas vocales y atravesar tus nervios con mis nervios manchados de barro hasta que por fin eras tú quien limpiaba el lodo de mis cabellos y acogía en sus brazos mi cabeza desfallecida. Y recordé lo que todos me decían, que veía por tus ojos y comprendí,  pues era mi espalda por la que ahora subía la fría humedad de la piedra, y mi camisa la envuelta en algas y barro  y eras tú quien me sujetaba la cabeza. Me sentí como  un títere inerte sin las cinco voluntades blancas de tus dedos para animar mi  hueco ingrávido. Me di cuenta de que  huías la mirada de los curiosos, que movías tus labios en una explosión de trompetas y huracanes que se precipitaban sobre mi: ¡tenías que hacerlo¡, ¡tenías que hacerlo¡,me gritabas o  me reprochabas, no se… y se prolongó el grito de tu desesperación hasta que alguien de uniforme te arrancó de mis brazos. Y me alegré cuando vi dibujarse en tus labios las sílabas de mi nombre. Alguien me abrió los dedos apretados en mi diestra mano   y en su cuenca  neutra y fría  se acurrucaba una pieza de puzzle, la mitad de un mirlo y un rosal que yo te escondí como un niño que teme el abandono. Y alguien, cerró mis ojos y ya no pude verte. 


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