Relato: Un sólo de trompeta

UN SOLO DE TROMPETA 

Solía permanecer con los náufragos urbanos que despedían las últimas luces. Los que se acuartelaban en las tabernas cuando los “hombres de bien” se inclinan hacia las mejillas de sus mujeres e hijos o abandonan el lecho de sus amantes. No es que me sintiera bien entre aquellas criaturas, ni había nada de trascendente en mi constante empeño, muy al contrario; a veces, sentía tal desprecio por aquellos desgraciados, por mí mismo, que pensaba, no eran, no éramos, sino un lastre, una desfachatez. Pero un lastre y una desfachatez necesarios, o al menos, inevitables. No se muy bien por qué bebíamos, pero lo hacíamos hasta la embriaguez. Quizá era por que como decía Ernest Jünger, la embriaguez puede elevarnos a lo absoluto.

Armando bebía y hablaba mucho. Esa noche bebía más de lo habitual y no hablaba. Me apercibí de una queja suya acerca de la falta de higiene en los lavabos. Como si aquello se tratara de un hallazgo novedoso. La infección y la falta de higiene estaban tan pegadas a las paredes de aquel antro, como lo estaba el alcohol a las de nuestros hígados. Armando bebía y bebía casi con un heroísmo estúpido. No dejaba de mover los labios como si tratara de aprender algo de memoria, como si no pudiera quitarse ese algo de la memoria. Vi como intentaba echarse la mano derecha, desocupándola, por un momento de la botella de  ginebra, al bolsillo de su gabardina de color hueso, pero un hueso raído por las dentelladas del tiempo. Sacó algo con dificultad. Con la escasa luz y el temblor de sus manos creí adivinar que se trataba de una pulsera, algo con brillo. Lo que fuera lo volvió al bolsillo y llevó de nuevo el temblor de su mano a la botella de ginebra sobre la barra.

Las mujeres son la razón de nuestras mayores desgracias-balbuceó en alto. Y todos asintieron

-¡De qué coño estarán hechas¡-

Y asintieron todos de nuevo.

La mía más que hecha, está deshecha- rubricó Fabián, a quien le gustaba subrayar algunos momentos de las conversaciones con tintas más o menos ocurrentes y no pocas veces groseras. Todos asintieron de nuevo y pagaron el “esfuerzo” de Fabián con una sonrisa complaciente. Fabián había sido policía o guardia civil, algún chanchullo lo sacó del cuerpo. Había leído a Unamuno, decía, y siempre hablaba del sentimiento trágico de la vida y de la deformación de la realidad…Cada vez que venía un forastero a la taberna adoptaba una actitud  magisterial  en sus ademanes y en su voz y nos ilustraba con sus peroratas  doctorales sobre el esperpento de lo humano. Tomaba como ejemplo el espejo desmerilado de la taberna que devolvía nuestros rostros, si cabe, aún más desfigurados.

¿Véis?, igual pasa con la vida. Nos devuelve una imagen distorsionada de las cosas. Pocos resistíamos a este  Fabián tan profundo, profuso y sobre todo tan reiterativo. 

Un frío impertinente y repentino irrumpió de pronto en la taberna cuando dos hombres, con abrigo largo y aspecto serio aparecieron de pronto ante la quejosa puerta de la entrada.  Uno de ellos,  se adelantó y preguntó quien de nosotros era Armando. Todos nos giramos hacia él y él mismo se giró hacia su propia imagen distorsionada en el espejo. Todos sorprendidos, todos excepto el propio Armando que parecía esperase aquel acontecimiento como algo inevitable. Casi obedeciendo a un acto reflejo, se llevó la mano al bolsillo de su gabardina de color hueso y sacó un collar que depositó sobre la barra. Parecía de oro y con salpicaduras de sangre.

A la mañana siguiente leí una y otra vez el titular del periódico al desayuno: “UN HOMBRE DE 54 AÑOS ASESINA A PUÑALADAS A SU ESPOSA EN EL DOMICILIO CONYUGAL”, “UN HOMBRE DE 54 AÑOS…” No basta con buscar en las palabras, es imposible calcular la tragedia humana. A pesar de intentar mantenernos, como el domador experto, a una distancia prudente de la fiera, su zarpazo nos alcanza y la herida brota en soledad. No sentí odio ni condena, ni ningún otro estímulo aversivo contra Armando. Quizá, por que lo conocía demasiado bien, quizá. por que no me permitía odiar en otro algo que perdonaba en mi mismo. Si, conocía muy bien a aquel desgraciado, Armando no sabía guarecerse de la intemperie y buscaba en la ginebra sus antídotos contra el miedo. Era un hombre débil, quiero decir, tenía una debilidad mayor que la atribuible a cualquier otro ser humano razonablemente débil. Yo lo he visto llorar, aflojarse ante la mínima adversidad, replegarse hacia si mismo, cerrar los ojos ante las curvas, apresado siempre en la bocana del río como un islote que teme caer al mar. La debilidad, a veces, desproporciona sus respuestas de defensa. Un ser débil y pequeño  pede ser tan dañino como lo microscópico de una célula maligna.

Esa noche, en la taberna, todos asumimos una actitud, asombrosamente, insultantemente, condescendiente:

Se volvió loco, Armando, se volvió loco-Sea como fuere, veis, una vez más, el sentimiento trágico de la vida…- dijo Fabián

Fernando, el dueño de la taberna, era el único que no mostraba ni condescendencia ni aprobación, ni condena, en alerta continua ante el silbido de la cafetera porque esa noche, desertamos todos del alcohol e hicimos del café nuestro aliado. Esa noche, entre los rostros deformados frente al espejo faltaba uno, y en un taburete vacío giraba una ausencia como una piedra que inevitablemente se hunde. Esa noche, la taberna parecía el culmen de una escena de otoño. Tras la ventana, las últimas farolas, los ruidos fugaces que se van apagando, el parpadeo ámbar del semáforo que pronunciaba intermitentemente la tensión de nuestros rostros. Por fin el islote de Armando cayó al mar y se llevó con el un inocente náufrago. Es imposible buscar en las palabras, calcular la tragedia humana…

Esa noche Fernando cerró la taberna antes que de costumbre. Me fui pronto a la cama y soñé que estaba preso y que preso soñaba con la libertad. Corría en el campo abierto al sol, me fatigaba como un niño y reía junto a ella y en el momento que oscurecía sus mejillas con mis manos para besarla, mi islote se precipitó  y ella se borró en el mar como un dedal de agua. Me desperté sobresaltado en mi celda, tenía el titular clavado en la frente, “UN HOMBRE DE 54 AÑOS ASESINA A PUÑALADAS…”Desperté de nuevo, esta vez en mi habitación, mi mujer dormía, deambulé por sus pies hasta el otro lado, con cuidado de  no despertarla, permanecí junto a ella, a través de la ventana la luz ámbar del semáforo pronunciaba intermitentemente su dulzura en el rostro me incliné hacia ella y la asesté un beso salvador en su purificada frente. Luego junto a la ventana, repetí en sordina varias veces: “lucharé para  que la tierra de mi islote jamás  ceda bajo mis pies, jamás dejaré que el mar te borre como un dedal de agua”. Mientras vigilaba desde mi ventana el trecho desnudo de la calle hasta la farola de la taberna ya devolvían a la calle su respiración y temblor humanos, aquellos  que traían las primeras luces. En la atmósfera  flotaba una luz gris que venía del mar.  Vibró entonces en el aire, un solo de trompeta.


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