Relato: El apagón

EL APAGÓN

 DESPUÉS DE LO DEL APAGÓN sólo quedaba él o ella, en el interior, que no sé muy bien si  él o ella y tanto da una cosa que otra. Parecía que los engranajes de las máquinas habían cesado en su inercia de frenética actividad, ralentizados unos, en inerte emergencia otros, no podía calcular si durante horas, días o semanas. Afuera, se podía  escuchar algún murmullo, como un eco de estaciones, a veces la voz de algún niño, incluso un llanto brusco que irrumpía a través de los conductos del aire o los poros de las paredes. Pero él o ella  se resignó a estar en el interior por el momento.Maura permanecía ajena a los acontecimientos que tanto preocupaban, sin embargo, a los demás, como suele ocurrir en estos casos en que la fatalidad llega sin un gesto de cortesía. Él o ella, que no sé muy bien, empezó a moverse a tientas por el interior, justo después del apagón, gateaba, reptaba, buscaba apoyo despacio en las resbaladizas y húmedas paredes,  aún calientes. Y eso  era, sin duda,  la temperatura constituía el principal argumento para permanecer dentro. No obstante, él o ella, no encontró en tal cosa obstáculo para no seguir indagando para una vez llegado el momento, tener prevista una puerta, un postigo que condujera al exterior de la forma más rápida. La última vez que Maura fue a visitar a Sofía, lo hizo muy nerviosa, Sofía le procuraba tranquilidad por un taco de billetes que Maura conseguía cada vez que se alejaba del sentido común, y se alejaba de múltiples y variadas formas. Su bonita sonrisa y sus ojos vivarachos contrastaban con sus herrumbradas mejillas, una frente salitrada y gris como las planchas de zinc que entoldaban el terrado del ático. Allí,  sin el ojo furtivo de las vecindades,  Maura se instalaba en la mecedora y de sus dedos alámbricos, salían aquellas pequeñas formas arcillosas que abandonaban sus manos con modeladas y multiformes fisonomías. Las figurillas de Maura contaban con la aprobación de todos. Las hacía por la noche, por la mañana,  a mediodía. Las hacía por encargo, porque la venía en gana o porque la salvaban, en parte,  de la masacre de sus veintiún años  y porque cuando las miraba a través de los hielos de un vaso de ginebra, volvía a creer en la vida. Pero Maura es de esas personas que pasa de la sed a la saciedad, del hambre al hartazgo con celeridad de crisálida, pues una hermosa cicatriz le recorre la vida y se bifurca en  dos al llegar a su frente. A él o a ella, aún en el interior, tras el apagón, no le conciernen estas cosas de la vida de Maura ni de las otras de los de afuera. ¿Sobre quién hacer recaer la culpa de que Maura se embarrase, de su itinerario hacia la maleza?, Nadie, nadie es responsable de que al abrirse su peristilo brotaran las chifladuras y  las flojeras, los colores locos de una flor muy pálida, de que la bocanada de aire fresco ahogara en su boca las palabras clave con que los niños abren la puerta del mundo. Ni se puede reprochar que nadie la enseñara la hora del baño o la hora del sueño, porque tampoco nadie la enseñó la contracción de los músculos vaginales para buscar el orgasmo, y lo encontró sin embargo. O quizá no sea una buena idea relacionar según qué cosas. Desde lo del apagón, él o ella, que no se muy bien, ansiaba salir, abandonar aquella fabrica de silencios, aquel almacén desolado de incrédula oscuridad inmóvil. El desasosiego crecía  y el látigo espinoso de la espera laceraba las espaldas de él o de ella, que no sé muy bien. Nadie le había explicado nada, ni dado indicaciones de fecha o lugar, ni reloj al que poner hora. La espera desde lo del apagón se había vuelto una tortura para los demás, afuera y para él o ella, aún dentro. Desconocía si  Maura no sería partícipe de su mismos desasosiego, y si la suya no sería también una liberación para la propia Maura.  Pues él o ella, recuerda cuando aún caía la luz sobre los pedazos de ese ser humano roto que siempre ha sido Maura. Cuando subían las mareas de su desesperación y se ahogaba en la playa donde Chopin enterraba su piano de lluvia, que es como decir, donde la melodía de la vida terminaba su pauta. Luego escapaba con la boca apretada para el llanto y con tristeza ferroviaria en los ojos siempre como en despedida. Él o ella era novel en estos asuntos, el apagón repentino, la soledad, la incertidumbre, la espera, sólo quedaba él o ella, todo remedo de vida, de luz había desaparecido. Pero él o ella, que no sé muy bien se apretaba a las paredes para oìr y  para huir, y sentía aún su temperatura y no hallaba el dulce olor de las cosas de afuera ni la luz de afuera, ni la  forma de conectar con el aire de afuera. Poder pasar por el lado de los brazos y las cabezas de los de afuera y mezclarse con el humo y el aire, abandonar aquella estructura donde aún permanecía clavado a la oscuridad. Podía oír un bip-bip de lo que parecía una radio, a veces un enjambre de palabras que luego se desvanecían, silencios totales, las más de las veces. Su impaciencia crecía y  resbalaba  silenciosa por entre las refinerías extintas, los flequillos, antes rojos, ennegrecidos o pálidos de aquellas cortinas alveolares, la desobediencia absoluta de rodillos y poleas, todo quieto a su alrededor, todo mudo. Desde lo del apagón, todos convocados a la espera, desde aquella última visita al apartamento de Sofía con un taco de billetes, desde aquella noche en que resbaló el cuchillo blanco por su tabique nasal hasta su frente dividida, desde que Maura entró canturreando en la cocina donde se desplomó y entró en coma, desde el momento del apagón de su cerebro, todos convocados a la espera, los de afuera y también él o ella, que no sé muy bien, adentro. Alguien, de los de afuera, un día en que los pájaros se multiplicaban en las ramas más frescas de los árboles del jardín francés, y cantaban y él o ella, desde dentro, los oía como alaridos distorsionados. Alguien, como digo, de los de afuera, subió las  escaleras que desembocaban en la alcoba donde Maura yacía en coma, en las manos llevaba las riendas de un caballo al galope contra el miedo y hacia la misericordia, de pronto un ruido seco que partía de la alcoba, acalló el canto de los pájaros que dejaron de oírse para los de afuera, y para el o la de adentro que  dejó, igualmente de  percibir el alarido distorsionado que provenía de las ramas más frescas…los pulmones de Maura se limpiaron de aire, definitivamente , la refinería de su sangre paró su máquina, definitivamente, y la temperatura de las paredes de su cuerpo  inició su camino hacia el mármol y entonces él o ella, que no sé bien como referirme al Alma, supo que había llegado el momento de salir y halló el lugar por donde hacerlo, un hueco nítido en la sien de la muchacha, llevándose consigo un húmedo olor a pólvora.

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